PARTE 3
Valeria pausó el audio.
En su oficina se hizo un silencio tan pesado que hasta el tráfico de la avenida parecía lejano.
Yo miraba la pantalla sin parpadear. En esa grabación no estaba el hombre que me había jurado amor frente a 300 invitados en una hacienda de Atlixco. No estaba el esposo que me llevaba flores los aniversarios, ni el yerno perfecto que lloró frente al ataúd de mi padre prometiendo protegerme.
Ahí solo estaba un depredador.
Y yo había dormido junto a él durante 9 años.
—Quiero que lo arresten hoy —dije.
Julián negó con calma.
—Podemos denunciar ya, pero él va a decir que el audio está editado. Tenemos el veneno, sí, pero para asegurar una condena fuerte necesitamos atraparlo ejecutando el fraude.
Valeria abrió una carpeta.
—El licenciado Esteban Salgado todavía no tiene tu huella. Los documentos no sirven sin eso. Rodrigo va a regresar cuando crea que estás a punto de morir. Va a traer al abogado, a su madre y todo el paquete legal.
Me quedé mirando mis manos.
Las mismas manos con las que había cargado a Mateo de bebé.
Las mismas manos que Rodrigo quería usar para robarle su futuro.
—Entonces vamos a darle lo que quiere —dije.
Durante 4 días, actué como una mujer muriéndose.
En cada videollamada con Rodrigo aparecía más pálida, más débil, más confundida. Fingía que apenas podía sostener el celular. Fingía dolor en el pecho. Fingía falta de aire.
—¿Tomaste tu cápsula? —preguntaba él con voz dulce.
—Sí —mentía yo—. Como me dijiste.
Su cara se llenaba de una calma repugnante.
—No dejes que nadie te lleve al hospital, mi amor. Yo sé qué es lo mejor para ti.
Mientras tanto, Valeria congeló movimientos sospechosos de la constructora. Descubrió transferencias a cuentas fantasma, pagos a casas de apuesta clandestinas y préstamos con intereses brutales. Rodrigo debía más de 40 millones de pesos. Si yo pedía el divorcio o revisaba la contabilidad, todo saldría a la luz.
Si yo moría, él podía vender terrenos, liquidar maquinaria y fingir luto mientras pagaba sus deudas.
El doctor Robles entregó el dictamen toxicológico a la Fiscalía. Julián instaló cámaras ocultas en mi recámara, el pasillo y el estudio. Dos agentes de la Policía Estatal se hicieron pasar por técnicos de internet y colocaron equipo de vigilancia en la casa. Teresa, mi vecina, aceptó quedarse conmigo la noche clave para insistir en llamar a una ambulancia.
Candelaria llevó a Mateo con una terapeuta especializada en trauma infantil.
El primer día habló durante 50 minutos.
Contó cómo Rodrigo lo encerraba en la alacena cuando yo iba a juntas. Cómo le apretaba los brazos hasta dejarle marcas. Cómo le decía al oído que si hablaba, su mamá iba a morir por su culpa.
Yo escuché el reporte de la terapeuta y sentí que cada palabra me cortaba por dentro.
Esa noche, me arrodillé frente a Candelaria.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Ella lloró sin levantar la vista.
—Porque usted confiaba en él, niña. Y yo tenía miedo de que me corriera. Si me iba, Mateo se quedaba solo con ese hombre.
Quise enojarme.
Quise culparla.