Pero Mateo se acercó a ella y le tomó la mano.
Entonces entendí algo que me dolió más: mientras yo estaba ciega, Candelaria había sido el muro entre mi hijo y el infierno.
La abracé.
—Nunca más me digas señora. Tú eres familia.
Al quinto día, llamé a Rodrigo antes de la hora acostumbrada.
Hice la voz más débil que pude.
—No siento los dedos… me caí en el baño.
Rodrigo fingió desesperación.
—Voy para allá ahora mismo.
—No, tus inversionistas…
—Tú eres más importante que cualquier negocio —mintió.
A las 10:21 de la noche, las luces de su camioneta iluminaron la entrada.
Rodrigo subió corriendo las escaleras con la camisa desabotonada, actuando como marido aterrorizado. Doña Elvira se quedó abajo, bloqueando discretamente la puerta principal.
Yo estaba tendida en la cama, con maquillaje grisáceo en la cara y bolsas de hielo escondidas bajo las sábanas para que mi piel pareciera helada.
Teresa estaba sentada junto a mí.
—Hay que llamar a una ambulancia —dijo en voz alta—. Está respirando horrible.
Rodrigo le arrebató el celular.
—No. Mariana no quiere hospitales.
Teresa se levantó indignada.
—Ella nunca me dijo eso.
Doña Elvira apareció en la puerta.
—Gracias por cuidarla, Teresita. Ya estamos aquí. Puedes irte.
—No pienso dejarla así.
La dulzura falsa de doña Elvira se borró.
—Esto es asunto de familia. Lárgate.
Rodrigo se inclinó sobre mí.
—¿Tomaste tu medicina especial, mi amor?
Abrí los ojos apenas.
—Todas… como prometí…
Creyó que yo estaba perdida.
Salió al pasillo y llamó a alguien.
—Ya está lista. Entra por la puerta lateral.
Quince minutos después, el licenciado Esteban Salgado entró con un portafolio negro y una almohadilla de tinta. Rodrigo le entregó un sobre grueso lleno de efectivo.
—Aquí van 800 mil pesos. El resto cuando queden inscritos los terrenos.
Salgado contó los billetes sin vergüenza.
—Estos poderes me autorizan a transferir cuentas, acciones de la constructora y derechos sobre propiedades. También preparé la solicitud para que usted asuma la tutela total del menor cuando ella fallezca.
Doña Elvira preguntó:
—¿El niño puede reclamar algo después?
—No si presentamos evaluaciones psicológicas donde conste que no puede comunicarse ni valerse por sí mismo —respondió Salgado—. Es un trámite sencillo.
Yo sentí que la rabia me subía como fuego por la garganta.
No solo querían robarme.
Querían usar el silencio que ellos mismos le provocaron a mi hijo para borrarlo legalmente.
Salgado acomodó los documentos en mi buró.
—Como la señora no puede firmar, estampamos su huella y certificamos que expresó su voluntad antes de perder la conciencia.
—Yo firmo como testigo principal —dijo doña Elvira.
—Y yo como segundo testigo —añadió Rodrigo.
Teresa retrocedió, horrorizada.
—Esto es un crimen.
Doña Elvira la miró con veneno.
—Cállate si sabes lo que te conviene.
Rodrigo tomó mi mano derecha. La presionó contra la almohadilla de tinta. Sentí sus dedos apretándome la muñeca con la misma fuerza que había marcado el brazo de Mateo.
Mi pulgar quedó negro.
Lo llevó hacia el documento.
Faltaba un milímetro.
Entonces abrí los ojos.
Le sujeté la muñeca con fuerza.