Parte 2
El silencio fue tan pesado que hasta los músicos dejaron de tocar.
Alejandro miró a Elena como si ella acabara de cometer una traición pública.
“¿Qué estás haciendo aquí con esos niños?”, dijo entre dientes.
Elena sostuvo la carpeta contra su pecho.
“Me invitaste tú.”
Valeria lo miró de golpe.
“¿Esos niños son tuyos?”
Alejandro intentó reír, pero la risa le salió rota.
“Por favor, Valeria. Esto es una escena. Elena siempre fue experta en hacerlas.”
Santiago, que era el más impulsivo de los 4, apretó los puños.
“Mi mamá no hace escenas. Mi mamá trabaja hasta de madrugada para pagarnos la escuela.”
Doña Carmen avanzó despacio. Era una mujer de cabello plateado, impecable, acostumbrada a que todos le abrieran paso. Pero frente a esos 4 niños se veía frágil, casi perdida.
“¿Cómo se llaman?”, preguntó con voz temblorosa.
Mateo respondió primero.
“Mateo Robles.”
“Santiago”, dijo el segundo.
“Diego”, dijo el tercero, sin apartar los ojos de Alejandro.
“Nicolás”, dijo el menor. Luego añadió, con absoluta seriedad: “Y tengo hambre, pero ahorita eso no es lo importante.”
Algunos invitados dejaron escapar una risa nerviosa. Elena quiso llorar y reír al mismo tiempo.
Doña Carmen se llevó los dedos a los labios.
“Son iguales a Alejandro cuando era niño.”
“Casualidad”, soltó Alejandro con brusquedad.
Entonces Elena abrió la carpeta.
Sacó 4 actas de nacimiento certificadas, 4 pruebas de ADN, expedientes médicos del hospital donde los niños habían pasado sus primeros meses y un paquete de sobres amarillentos. Cada sobre tenía sellos de correo certificado. Algunos decían “rechazado”. Otros decían “recibido en oficina administrativa”.
La mano de Valeria comenzó a temblar.
“¿Tú sabías?”, le preguntó a Alejandro.
“No”, respondió él demasiado rápido. “Nunca me llegó nada.”
Elena dejó sobre la mesa un sobre específico.
“Este lo recibió tu oficina en Puebla cuando estabas en entrenamiento. Aquí está la firma.”
El tío de Alejandro, el coronel retirado Ernesto Salazar, tomó el papel y lo acercó a la lámpara.
“Es tu firma.”
Alejandro palideció.
“No recuerdo eso.”
“Qué conveniente”, dijo Elena.
Valeria retrocedió un paso. Su vestido rojo parecía una mancha de sangre contra el piso de mármol.
Doña Carmen tomó uno de los sobres dirigidos a ella. Lo abrió con desesperación. Dentro había una carta fechada 8 años atrás, con una fotografía de 4 bebés diminutos conectados a tubos.
Elena recordó esa noche con una claridad brutal. La tinta se había corrido porque escribió llorando en la cafetería del hospital. Le había pedido a Carmen que fuera a conocer a sus nietos. Le había escrito que no necesitaba dinero, solo que los niños no crecieran borrados.
Doña Carmen levantó la mirada, devastada.
“Yo nunca recibí esto.”
Alejandro cerró los ojos.
En ese momento, una empleada antigua de la hacienda, la señora Lupita, apareció en la entrada del salón. Tenía 70 años y llevaba casi toda la vida trabajando para los Salazar.
“Perdón, doña Carmen”, dijo con voz baja. “Pero si se trata de esas cartas, yo sé dónde están registradas.”
Carmen giró lentamente hacia ella.
“¿Qué dijiste?”
Lupita tragó saliva.
“Don Roberto ordenó que cualquier sobre de la señora Elena no se le entregara a usted. Todo quedó anotado en el libro de correspondencia.”
El nombre de Roberto Salazar, padre de Alejandro y general fallecido hacía 5 años, cayó sobre la sala como una piedra.
Alejandro levantó la cabeza de inmediato.
“Ya ven. Mi padre manejaba esas cosas. Yo no tuve nada que ver.”
Elena lo miró sin pestañear.
“Tu padre ocultó cartas a tu madre. Pero tú rechazaste las que llegaron a tu base.”
El coronel Ernesto dejó el sobre en la mesa y preguntó con una voz que no admitía escape:
“Alejandro, responde delante de todos. ¿Sabías que esos niños eran tuyos?”
Alejandro abrió la boca.
Pero antes de que pudiera mentir otra vez, Mateo sacó de su mochila una foto doblada.
“Mi mamá no sabe que traje esto”, dijo.
Era una imagen vieja: Alejandro frente a 4 incubadoras, detrás del vidrio del hospital, con uniforme verde y el rostro endurecido.
Elena sintió que la sangre se le iba del cuerpo.
Ella nunca había visto esa foto.
Y entonces entendió que la mentira era mucho peor de lo que imaginaba.
Parte 3