Parte 3
Alejandro miró la fotografía como si fuera un arma apuntándole al pecho.
“¿De dónde sacaste eso?”, murmuró.
Mateo no bajó la mirada.
“Estaba en una caja de mi mamá. Detrás tenía escrito tu apellido. Pensé que era importante.”
Elena sintió que la carpeta se le resbalaba entre las manos.
Durante 8 años había creído que Alejandro nunca vio a los niños recién nacidos. Había imaginado mil veces que, si hubiera visto sus cuerpos pequeños luchando dentro de las incubadoras, algo humano habría despertado en él. Esa esperanza vieja, enterrada bajo capas de cansancio y orgullo, murió frente a todos en la hacienda.
Valeria tomó la fotografía. La observó en silencio.
“Estuviste ahí”, dijo.
Alejandro se pasó una mano por el rostro.
“Fui una vez.”
Doña Carmen soltó un sollozo.
“¿Una vez? ¿Fuiste al hospital y no me dijiste nada?”
“Mi papá me llevó”, respondió él, cada vez más hundido. “Me dijo que Elena quería atraparme. Que si aceptaba a esos niños, mi carrera se iba a terminar. Que un juicio de custodia, una pensión, un escándalo… todo eso me iba a destruir.”
El coronel Ernesto apretó la mandíbula.
“Y tú, siendo un hombre adulto, decidiste obedecer.”
Alejandro no respondió.
Elena sintió que el dolor le subía por el pecho, pero no gritó. No quería que sus hijos recordaran a su madre deshecha frente a la familia que los había negado. Respiró hondo y habló con una calma que a todos les pareció más fuerte que cualquier grito.
“Yo tenía 27 años. Tenía 4 bebés prematuros, una cuenta de hospital que no podía pagar y noches en las que elegía cuál medicina comprar primero. Tú tenías miedo de perder un ascenso. Yo tenía miedo de perder a mis hijos.”
Nicolás se pegó a su pierna.
“Mamá, ¿él sí nos vio cuando éramos bebés?”
Elena se agachó frente a él.
“Sí, mi amor. Los vio.”
Diego preguntó:
“¿Y no quiso quedarse?”
La pregunta partió algo en la sala.
Alejandro dio un paso hacia ellos, con lágrimas en los ojos.
“Yo estaba asustado.”
Santiago levantó la voz.
“¡Nosotros éramos bebés!”
Alejandro se quedó inmóvil.
Santiago nunca lloraba en público. Pero esa noche sus ojos estaban llenos de rabia.
“Usted era grande. Mi mamá estaba sola. Nosotros éramos bebés.”
Valeria se quitó lentamente el anillo de compromiso. Lo colocó sobre la mesa donde estaban las pruebas de ADN.
Alejandro la miró desesperado.
“Valeria, por favor. Esto pasó antes de ti.”
“Lo que pasó antes de mí me está mostrando quién eres hoy”, respondió ella. “No me asusta que tengas hijos. Me asusta que hayas podido dormir 8 años sabiendo que los habías borrado.”
Doña Carmen se acercó a Elena. Sus labios temblaban.
“Te fallé aunque no lo supiera. Debí buscarte. Debí preguntar. Debí desconfiar de tanto silencio.”
Elena negó con suavidad.