“Usted también fue engañada. Pero ellos son niños, doña Carmen. No trofeos para reparar culpas.”
Carmen asintió llorando.
“No voy a exigir nada. Solo quiero pedir permiso para conocerlos, si ellos quieren.”
Mateo miró a sus hermanos. Santiago seguía serio. Diego observaba a Carmen con desconfianza. Nicolás, en cambio, olió algo desde la cocina.
“¿Hay buñuelos?”, preguntó.
La tensión se quebró un poco.
Carmen soltó una risa entre lágrimas.
“Hay buñuelos, galletas, romeritos, pavo y chocolate caliente.”
Nicolás miró a Elena.
“Podemos escucharla comiendo buñuelos. No prometo perdonar a nadie.”
Elena acarició su cabello.
“Eso me parece justo.”
La cena elegante se convirtió en una reunión extraña, dolorosa y necesaria. Los invitados se fueron retirando con murmullos. Los Salazar cercanos se quedaron en la cocina, sin música, sin poses, sin discursos militares.
Carmen escuchó a los niños contar su vida.
Mateo amaba leer sobre astronomía y corregía a cualquiera que confundiera planetas con estrellas. Santiago jugaba futbol con una furia que parecía heredada de todas las injusticias que no sabía nombrar. Diego dibujaba mapas y quería conocer todos los estados de México. Nicolás decía que sería chef, astronauta o dueño de una panadería con perros.
Carmen los escuchaba como quien recibe 8 años de vida en una sola noche y no sabe dónde guardar tanto amor atrasado.
Alejandro se quedó en la entrada de la cocina, sin atreverse a sentarse.
Finalmente Mateo lo llamó.
“Puede pasar. Pero no se siente cerca de mi mamá.”
Alejandro obedeció.
No hubo abrazo. No hubo perdón dramático. No hubo milagro navideño con violines. Solo 4 niños mirando a un hombre que tenía su sangre, pero no su confianza.
“Quiero decirles algo”, empezó Alejandro.
Santiago cruzó los brazos.
“No diga que no sabía.”
Alejandro tragó saliva.
“No voy a decir eso. Sí sabía. No al principio todo, pero sí lo suficiente. Vi la foto. Vi los expedientes. Recibí cartas. Y elegí creer lo que me convenía.”
Elena sintió que por primera vez, en 8 años, el aire entraba completo en sus pulmones.
Alejandro miró a cada niño.
“Fui cobarde. Fui egoísta. Pensé en mi apellido, en mi carrera, en lo que mi padre esperaba de mí. No pensé en ustedes. No tengo derecho a pedir que me llamen papá.”
“Entonces no lo pida”, dijo Diego.
“No lo voy a pedir.”
Mateo sostuvo la foto doblada sobre la mesa.
“Si mi mamá no nos trae hoy, ¿usted nos habría buscado algún día?”
Alejandro cerró los ojos.
La respuesta verdadera tardó demasiado.
“No lo sé”, confesó al fin.
Mateo asintió con una madurez que ningún niño debería tener.
“Entonces todavía no confiamos en usted.”
“Lo entiendo”, dijo Alejandro.
“No”, respondió Mateo. “Apenas va a empezar a entender.”
Esa frase dejó a Alejandro sin defensa.
A la mañana siguiente, Elena preparó a los niños para regresar a la Ciudad de México. Carmen insistió en meterles bolsas con comida, juguetes que había mandado comprar de madrugada y una caja de fotos de Alejandro cuando era pequeño.