Parte 2
—A tres mesas de ti —repetí—. Se llama Ricardo. Tu compañero de trabajo. El que trajiste de invitado.
El salón giró la cabeza. Un hombre moreno se levantó de golpe y tiró la silla. No corrió. Se quedó parado, blanco, viendo a Jimena. Y Jimena lo vio a él. En esa mirada estaba todo.
Fernando se dejó caer en una silla con la cara entre las manos. Diez años de matrimonio, y al final ni siquiera el bebé por el que me destrozaron la vida era de él.
Gané. Eso pensé esa noche. Gané.
Pero llegué a la casa y no pude dormir.
Porque algo no me dejaba. Jimena me sonrió diez años mientras se acostaba con mi marido. Diez años de “te quiero, hermana”, a la cara.
Y si me mintió diez años en esto…
¿en qué más me había mentido?
Esa madrugada saqué del cajón de hasta abajo una bolsa del Bimbo.
Adentro había un gorrito de estambre azul. Chiquito. Lo tejí yo misma hace doce años, a los siete meses de embarazo.
Porque tuve un hijo. Eso nadie en esta historia lo sabía.
Doce años atrás yo todavía no conocía a Fernando. Estaba en el ejército, y el papá de mi bebé, un soldado, se mató en un accidente tres meses antes de que el niño naciera.
Di a luz sola. En una clínica chica, de noche. Perdí mucha sangre, me desmayé. Cuando desperté, lo único junto a mi cama era Jimena, agarrándome la mano.
—Se nos fue, Sofi —me dijo—. No alcanzó a respirar.
Nunca lo vi. Ni muerto. “Para que no te quedes con esa imagen”, dijo ella, y se encargó de todo. No hubo velorio. No hubo tumba. Solo su palabra.
Le creí, porque era mi hermana, y porque estaba demasiado rota para preguntar.
Doce años guardé ese gorrito sin tener ni una tumbita dónde llorarle.
Esa noche, por primera vez, no lo apreté contra mi cara. Me lo quedé viendo. Y me pregunté por qué nunca, en doce años, me dejaron ver a mi hijo.
No le dije a nadie. Me hubieran dicho que estaba loca. Que ya con el escándalo de la fiesta no me bastaba, que ahora andaba desenterrando muertos.
Pero me acordé de una cosa.
El “hijo” de Jimena, Diego, nació esa misma semana. Justo cuando ella, supuestamente, también iba a dar a luz. Doce años después, Diego tiene los ojos de mi papá. Y la misma seña en la barbilla que tengo yo.
Una tarde fui a casa de mis papás, donde Diego se queda los fines. Agarré su cepillo del baño. Unos pelos. Los metí en una bolsita.
Me temblaban las manos en el laboratorio. La señora me preguntó el parentesco. No supe qué decir. Dije: “Es para saber.”
Tres semanas sin dormir, esperando un sobre.
Cuando llegó, lo abrí parada en la cocina. Leí una línea. Probabilidad de maternidad: 99.99%.
Me senté en el piso. Ahí, en el piso de la cocina, con el papel en la mano.
Mi hijo no se murió.
Mi hijo estuvo doce años sentado a tres sillas de mí en cada cena. Y me decía “tía”.
Al otro día fui temprano. Diego estaba ahí.
Me abrió él. Doce años, flaquito, despeinado, con la playera del América de siempre.
—¿Tía Sofi? ¿Qué haces tan temprano?
No me salió la voz. Lo único que se me ocurrió fue una tontería.
—¿Ya desayunaste?
Negó con la cabeza.
Entré. Le hice huevos con frijoles, como le gustan. Se trepó al banco, picándole al teléfono, contándome de un videojuego. Igual que las cien veces que le hice de desayunar sin saber que era mío.
Lo veía cortar el huevo con el tenedor y no podía con lo que traía adentro.
—Diego. ¿Tú sabes que de bebé yo te cargaba mucho?
—Me lo cuenta mi abuela. Que no dejabas que nadie más me agarrara. —Se rió con la boca llena—. Que me dormías cantando.
Tuve que darme la vuelta a lavar un plato que ya estaba limpio.
—Tía. ¿Por qué lloras?
No le iba a mentir a él también.
—Porque te quiero mucho, Diego. Más de lo que te imaginas.
Se encogió de hombros, como hacen los niños, y siguió comiendo.
Yo me quedé ahí, viéndolo desayunar lo que yo le hice, con doce años de retraso.
No le pude decir “hijo”. No esa mañana. Pero ya por dentro no le decía de otra forma.
Esa semana junté valor y le enseñé el papel a mis papás.
Mi mamá lo leyó y lo soltó en la mesa como si quemara.
—Sofía. Tú estás dolida. Eso te hace ver cosas.
—Mamá, dice noventa y nueve por ciento.
—Esos papeles se equivocan. ¿Le vas a romper la vida a Diego por un coraje con tu hermana?
Mi propia madre. Pensó que yo, después de la fiesta, andaba inventando para hundir a Jimena.
El único que me creyó fue mi papá. Se quedó viendo el papel mucho rato.
—La barbilla —dijo bajito—. Yo siempre dije que ese niño tenía mi barbilla.
Me agarró las dos manos. Por primera vez en toda esta historia, alguien me creyó.
Pero ese papel no le servía a un juez. Para que la ley lo viera, tenía que demandar a mi propia hermana. Y arriesgarme a que Diego me odiara por arrancarle a la única mamá que conoció.
Antes de demandar, fui a verla. Quería oírlo de su boca.
Estaba haciendo maletas, con la panza de seis meses. Ya sabía que yo sabía. No me gritó. No lloró. Me miró con una calma que me dio más miedo que cualquier grito.
—Si me demandas —me dijo—, le voy a decir a Diego que su tía lo quiere arrancar de su casa. ¿Sabes a quién va a odiar? A ti.
Y antes de que me fuera, me dejó sin piso con una sola frase:
—Además, tú no sabes todo lo que pasó esa noche. Pregúntale a mi mamá: