PARTE 2
EL DÍA QUE DEJÉ DE PROTEGERLOS, TODO LO QUE HABÍAN CONSTRUIDO SOBRE MÍ SE DERRUMBÓ
A la mañana siguiente llegué al bufete a las siete y veinte.
No había dormido mucho.
Pero, extrañamente, tampoco estaba cansada.
Durante años había confundido agotamiento con responsabilidad.
Había creído que querer a alguien significaba compensar constantemente sus errores.
Con Daniel lo hacía emocionalmente.
Con Sofia, profesionalmente.
Aquella mañana decidí dejar de hacerlo con ambos.
Mi teléfono tenía diecisiete mensajes de Daniel.
No abrí ninguno.
También había seis de Sofia.
El primero decía:
¿Podemos hablar?
El segundo:
Daniel me contó que estás muy alterada.
El tercero:
No quiero perder nuestra amistad por un malentendido.
El cuarto llegó alrededor de las dos de la madrugada.
Sé que estás enfadada, pero sacarme del caso puede perjudicar mi evaluación anual.
Me quedé mirando aquella última frase.
Ni una sola vez había preguntado cómo estaba yo.
Ni una sola vez había mencionado mi victoria en el juicio.
Pero sí estaba preocupada por su evaluación.
Eso, al menos, era coherente.
Entré a mi oficina, encendí la computadora y revisé por última vez el correo que había aceptado la noche anterior.
El socio director, Robert Hayes, me había propuesto convertirme en responsable principal de una nueva unidad de litigios comerciales.
Era una promoción que llevaba meses discutiéndose.
La nueva unidad tendría autonomía para seleccionar casos, formar equipos y evaluar abogados asociados.
En otras palabras:
A partir de aquel día, yo ya no tendría que corregir los errores de Sofia.
Tendría autoridad para documentarlos.
A las ocho y cinco, Robert apareció en mi puerta.
—Llegas temprano.
—Tú también.
Sonrió.
—Entonces supongo que hablabas en serio anoche.
—Completamente.
Entró y cerró la puerta.
—Antes de anunciarlo, quiero preguntarte algo. ¿Estás segura de que quieres mantener a Sofia Reed fuera del caso Baxter?
—Sí.
Robert no pareció sorprendido.
—¿Motivo?
Giré mi laptop hacia él.
Había preparado una carpeta.
Versiones originales.
Correcciones.
Fechas.
Correos.
Comentarios internos.
Errores de procedimiento.
Citas jurídicas inventadas.
Plazos que casi vencieron.
Robert abrió el primer documento.
Después el segundo.
Al llegar al cuarto, levantó la cabeza.
—¿Todo esto era de ella?
—Sí.
—Creí que eran borradores conjuntos.
—Porque yo los corregía antes de enviarlos.
—¿Desde cuándo?
—Casi dos años.
Su expresión se endureció.
—Elena, ¿por qué?
Fue una pregunta sencilla.
Pero no tuve una respuesta digna.
—Era mi amiga.
Robert cerró el archivo.
—Eso explica por qué la protegiste. No explica por qué permitiste que el bufete creyera que su desempeño era mucho mejor de lo que realmente era.
Tenía razón.
Y escucharlo dolió.
No porque estuviera siendo injusto.
Sino porque por primera vez alguien describía exactamente lo que yo había hecho.
Yo no solo había ayudado a Sofia.
Había creado una versión falsa de su competencia.
Cada vez que ella entregaba algo mediocre y yo lo convertía en algo aceptable, le enseñaba que no necesitaba mejorar.
Cada vez que asumía sus errores, hacía invisible el coste de esos errores.
—Lo sé —dije.
Robert se quedó en silencio unos segundos.
—Voy a pedir una auditoría interna de su trabajo. No por lo que pasó entre ustedes. Por esto.
Señaló la pantalla.
—A partir de ahora debes mantener completamente separados los asuntos personales y profesionales.
—De acuerdo.
—Y Elena…
—¿Sí?
—No vuelvas a salvar a alguien a costa de tu propia reputación.
A las nueve se anunció mi promoción.
A las nueve y doce, Sofia apareció en mi oficina.
No llamó.
Simplemente entró.
—¿Es verdad?
Levanté la vista.
Su rostro estaba pálido.
—¿Qué cosa?
—Que eres directora de la nueva unidad.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde hoy.
Cerró la puerta.
—¿Y por eso me sacaste del caso?
—No.
—Entonces ¿por qué?
—Porque no confío en tu trabajo.
Sus labios se separaron.
La frase pareció golpearla físicamente.
—¿Perdón?
—En el último escrito confundiste dos precedentes. En la opinión que preparaste el lunes pusiste un número de expediente incorrecto. El mes pasado casi presentamos una solicitud fuera de plazo porque anotaste mal la fecha. Y en el caso Marshall citaste un párrafo que no existía.
—Todos cometemos errores.
—Claro.
Me recliné en la silla.
—La diferencia es que yo llevo dos años corrigiendo los tuyos.
Sus ojos cambiaron.
Primero sorpresa.
Después rabia.
—¿Ahora vas a echármelo en cara?
—No.
—Entonces ¿qué estás haciendo?
—Dejando de hacerlo.
Sofia se quedó inmóvil.
—¿Dejando de hacer qué?
—Tu trabajo.
Durante varios segundos no dijo nada.