Después soltó una pequeña risa.
—Esto es por Daniel.
—No.
—Claro que sí.
—Daniel es la razón por la que terminé mi relación. Tú eres la razón por la que dejaste de estar en mi equipo. Son problemas distintos.
—¿Problemas distintos?
La voz le tembló.
—Estás utilizando tu nueva posición para castigarme.
—La auditoría no la pedí yo.
Se quedó blanca.
—¿Qué auditoría?
No contesté inmediatamente.
Fue suficiente.
—Elena.
—Robert está revisando varios expedientes.
—¿Le diste mis documentos?
—Le mostré los originales.
Se llevó una mano a la boca.
Por primera vez desde que la conocía, Sofia parecía realmente asustada.
—No puedes hacerme esto.
—No te estoy haciendo nada. Son tus documentos.
—¡Pero tú los corregiste!
—Exactamente.
Su respiración se aceleró.
—Éramos amigas.
—Sí.
—Yo confiaba en ti.
Aquello casi me hizo reír.
—¿Tú confiabas en mí?
—¡Claro!
—Entonces dime algo, Sofia.
Me levanté.
—¿Cuándo empezó lo de Daniel?
Se quedó completamente quieta.
No había esperado aquella pregunta.
—No hay ningún “lo de Daniel”.
—Entonces responde.
—Somos amigos.
—¿Cuándo empezaron las cenas a solas?
—A veces coincidíamos.
—¿Los mensajes de madrugada?
—Trabajo.
—¿Los viajes en coche?
—Vivimos relativamente cerca.
—¿Las llamadas de los domingos?
—Daniel estaba preocupado por mí.
Aquella última respuesta salió demasiado rápido.
La miré.
Sofia bajó los ojos.
—¿Preocupado por qué?
No contestó.
—Sofia.
—He pasado por una etapa difícil.
—¿Y decidiste que mi novio era la persona adecuada para acompañarte durante esa etapa?
—No fue así.
—¿Cómo fue?
Le tembló la barbilla.
Durante años aquel gesto habría bastado para que yo suavizara la voz.
Aquella mañana no.
—Daniel me escuchaba.
—Yo también.
—Contigo todo se convertía en consejos.
La frase me sorprendió.
—¿Qué?
—Siempre sabías qué hacer. Siempre tenías una solución. “Haz esto, revisa aquello, llama a esta persona, corrige este documento.” A veces yo solo quería que alguien me escuchara.
—Y Daniel lo hizo.
—Sí.
—¿Y en algún momento pensaste que era inapropiado?
—Nunca pasó nada.
—No te pregunté eso.
Sofia apretó los labios.
—No.
Ahí estaba.
No una confesión de adulterio.
Algo que para mí era igual de importante:
sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Tal vez nunca se habían besado.
Tal vez nunca habían dormido juntos.
Pero habían construido una intimidad en la que yo era la tercera persona.
Una intimidad sostenida por pequeños secretos, mensajes nocturnos, comidas privadas, conversaciones que yo desconocía y una lista interminable de detalles que Daniel recordaba sobre ella.
—Entonces ya no tenemos nada más que hablar —dije.
Sofia me miró con odio.
—Te crees superior a todo el mundo.
—No.
—Siempre lo has hecho.
—Entonces debería alegrarte que ya no seamos amigas.
Abrió la puerta.
Antes de salir se giró.
—Daniel no va a volver contigo después de esto.
La miré.
—Eso espero.
Aquella respuesta pareció enfurecerla todavía más.
Daniel me esperaba aquella noche en el apartamento.
Habíamos vivido juntos durante casi cuatro años.
Cuando abrí la puerta, estaba sentado en el sofá.
—¿Por qué no contestas?
Dejé el bolso sobre una silla.
—Porque terminamos.
—No puedes borrar cuatro años en una noche.
—Tú llevas seis meses haciéndolo poco a poco.
Se levantó.
—No pasó nada con Sofia.
—No necesito que hayas dormido con ella para terminar contigo.
—Entonces ¿qué quieres que diga?
—Nada.
Fui al dormitorio y saqué una maleta.
Daniel me siguió.
—Elena, basta.
Abrí el armario.
—¿Qué estás haciendo?
—Empacando.
—Este también es tu apartamento.
—El contrato está a tu nombre.
—Pagamos los gastos juntos.
—Puedes quedarte con los muebles.
Me agarró del brazo.
—¡Escúchame!
Me solté.
—No vuelvas a tocarme así.
Daniel se quedó quieto.