Y entonces entendí por qué había venido.
—¿Quieres que intervenga?
—Solo que digas la verdad.
—La verdad está documentada.
—También podrías decir que tiene potencial.
—¿Lo tiene?
—¡Era tu mejor amiga!
—Eso no es una cualificación profesional.
Daniel golpeó ligeramente el escritorio con los dedos.
—Te has vuelto fría.
Lo miré durante varios segundos.
—No.
—Sí.
—Simplemente ya no estoy haciendo gratis el trabajo emocional y profesional que ustedes confundieron con mi personalidad.
Se quedó inmóvil.
—¿Qué significa eso?
—Que cuando yo solucionaba todo, ustedes lo llamaban “Elena siendo Elena”. Ahora que ya no lo hago, lo llaman crueldad.
Daniel desvió la mirada.
—Sofia está pasando por algo horrible.
—Entonces acompáñala.
—Lo estoy haciendo.
—Perfecto.
Silencio.
—No es lo que piensas.
Sonreí.
—Ya no pienso nada sobre ustedes dos.
Eso pareció molestarlo más que cualquier acusación.
—No estamos juntos.
—No te pregunté.
—Solo intento ayudarla.
—Tampoco te pregunté eso.
Daniel respiró hondo.
—¿De verdad ya no te importa?
Pensé la respuesta.
—Me importa lo que vivimos. Pero eso no significa que quiera volver.
Por primera vez su expresión se quebró.
—Creí que se te pasaría.
—Lo sé.
—Pensé que estabas enfadada.
—Lo sé.
—Pensé que después de unos días…
—Volvería.
Asintió.
—Sí.
—Ese fue tu error.
—¿Cuál?
—Creer que poner un límite era otra tarea que tarde o temprano yo también resolvería por ti.
Daniel se marchó sin decir nada más.
Tres meses después recibí un mensaje de un número desconocido.
Era Sofia.
Necesito hablar contigo. Solo una vez.
Lo ignoré.
Llegó otro.
No es por el trabajo.
Después:
Es por Daniel.
Bloqueé el número.
Aquella noche cené con varios compañeros para celebrar el cierre de un caso.
Hacía años que no me sentaba en una mesa sin comprobar constantemente mi teléfono para ver si Daniel necesitaba algo o si Sofia había cometido algún error urgente.
Mientras los demás hablaban, me di cuenta de algo extraño:
estaba relajada.
No feliz de una manera explosiva.
Simplemente tranquila.
Y después de tantos años solucionando incendios ajenos, la tranquilidad parecía un lujo.
A la mañana siguiente Robert entró en mi despacho.
—Tenemos una oferta para ti.
—¿Otra promoción?
—Más interesante.
Uno de nuestros principales clientes quería que dirigiera personalmente una disputa en Chicago durante seis meses.
Era el tipo de caso que podía convertirme en socia.
Acepté.
Dos semanas después me mudé temporalmente.
Y durante un tiempo, Daniel y Sofia desaparecieron por completo de mi vida.
Hasta una tarde de noviembre.
Salía de una reunión cuando vi a Daniel esperando en el lobby del hotel.
Me detuve.
—¿Qué haces aquí?
Se levantó.
—Necesito diez minutos.
—¿Cómo sabías dónde estaba?
—Tu nombre aparece en el equipo público del caso.
Aquello era cierto.
—Cinco minutos.
Daniel soltó una risa cansada.
—Sigues haciendo eso.
—Funciona.
Nos sentamos en una esquina del lobby.
Parecía más delgado.
—Sofia y yo estuvimos juntos.
No reaccioné.
Daniel continuó.
—Después de que la despidieron.
—De acuerdo.
—No sé por qué te lo estoy contando así.
—Yo tampoco.
—Supongo que porque durante meses insistí en que no pasaba nada.
—En aquel momento quizá no pasaba nada físico.
Me miró.
—¿Me crees?
—Siempre te creí.
Eso lo sorprendió.
—Entonces ¿por qué terminaste conmigo?
—Porque no necesitaba descubrirte en una cama con ella para saber que nuestra relación ya estaba rota.
Daniel bajó la cabeza.
—Estuvimos juntos unas semanas.
—Daniel, no necesito los detalles.
—Terminó mal.
—Lo siento.
—No deberías.
—Puedo sentir lástima por alguien sin querer volver a estar con él.
Se quedó callado.
Finalmente dijo:
—Entendí algunas cosas.
No respondí.
—Cuando Sofia perdió el trabajo, necesitaba ayuda todo el tiempo.
Reprimí una sonrisa amarga.
—¿Y?
—Al principio pensé que estaba deprimida.
—Probablemente lo estaba.
—Pero luego empezó a llamarme por cualquier cosa. Currículums, entrevistas, correos, contratos…
Daniel se frotó las manos.
—Siempre había algo.
—Entiendo.
—Una noche me pidió que revisara una carta. La corregí. Al día siguiente otra. Luego un formulario. Después quería que llamara a un conocido.
Lo observé en silencio.
—Y me escuché decirle: “Tienes que aprender a hacer algunas cosas sola”.
La ironía finalmente llegó a sus ojos.
—Y entonces pensé en ti.
Yo no dije nada.
—Pensé en todas las veces que tú hiciste exactamente eso por nosotros.
—Sí.
—No me había dado cuenta.
—Lo sé.
—Creía que eras controladora.
—A veces probablemente lo fui.
—No.
Negó con la cabeza.
—Creo que muchas veces simplemente eras la única persona adulta en la habitación.
Eso me hizo reír.
Daniel también sonrió durante un segundo.
Después volvió a ponerse serio.
—Sofia se enfadó cada vez más conmigo. Decía que yo había cambiado después de terminar contigo.
—Quizá lo hiciste.
—Creo que simplemente dejé de sentirme especial.
—¿Qué quieres decir?
—Cuando estábamos juntos… tú nunca me necesitabas de esa manera.
Por fin comprendí.
Sofia había hecho que Daniel se sintiera imprescindible.
Yo le había ofrecido una relación entre iguales.
Ella le ofrecía dependencia disfrazada de vulnerabilidad.
Y él había confundido ser necesario con ser amado.
—Eso explica algunas cosas —dije.
—No lo justifica.
—No.
—Elena…
Me miró.
Sabía lo que venía.
—¿Existe alguna posibilidad?
—No.
Ni siquiera necesité pensarlo.
Daniel tragó saliva.
—¿Porque estuve con ella?
—No.
—¿Entonces?
—Porque tuve que perderte para descubrir cómo se siente una vida donde no tengo que mendigar atención dentro de mi propia relación.
Sus ojos se humedecieron.
—Te amaba.
—Creo que sí.
—Todavía te amo.
—También lo creo.
—Entonces…
—El amor no arregla automáticamente una relación mal construida.
Daniel bajó la cabeza.
Permanecimos así varios segundos.
Finalmente se levantó.
—Espero que te conviertas en socia.
—Gracias.
Dio dos pasos y se detuvo.
—Sofia siempre estuvo celosa de ti.
Lo miré.
—¿Qué?
—Me lo dijo cuando discutimos por última vez.
Daniel parecía incómodo.