PARTE 2
ÉL ESTABA SEGURO DE QUE YO REGRESARÍA… HASTA QUE DESCUBRIÓ QUE MI VIDA HABÍA CONTINUADO SIN ÉL
No respondí a Adrian.
Bloqueé aquel número y dejé el teléfono boca abajo sobre la mesa.
Durante los siguientes cinco minutos no sentí nada.
Luego me temblaron las manos.
Aquello me enfureció.
Había cruzado cientos de kilómetros, renunciado a mi trabajo y empezado desde cero, pero cuatro líneas escritas por él todavía tenían el poder de alterar mi respiración.
Esa noche, Ethan llamó a mi puerta.
Traía un recipiente de pasta.
—Preparé demasiado.
—¿Eso también es ayuda sin caridad?
Sonrió.
—Exactamente.
Lo dejé entrar.
Mi apartamento todavía parecía una habitación de hotel abandonada. Una mesa plegable, dos sillas diferentes y varias cajas sin abrir.
Ethan miró alrededor.
—¿Te mudaste con mucha prisa?
—Sí.
No preguntó por qué.
Le agradecí mentalmente aquel silencio.
Durante años había estado rodeada de personas que siempre querían saber qué había pasado entre Adrian y yo, quién había empezado la discusión, quién tenía razón.
Ethan simplemente se sentó y comió.
Hablamos del edificio, del terrible café de la esquina y de una lavandería que cobraba demasiado.
Nada importante.
Y precisamente por eso aquella cena fue importante para mí.
Era la primera conversación en mucho tiempo en la que no tenía que medir cada palabra.
Al día siguiente comencé a buscar empleo.
Acepté entrevistas para puestos que antes habría descartado porque Adrian decía que no tenían suficiente prestigio.
Tres semanas después conseguí trabajo en una pequeña empresa de diseño digital.
El salario era menor que el anterior.
Pero cuando mi nueva jefa me dijo:
—Aquí nadie espera que contestes correos a medianoche. La vida también ocurre fuera de la oficina.
Estuve a punto de aceptar en ese mismo instante.
Mientras tanto, Adrian continuó intentando localizarme.
Cambió de número cuatro veces.
Me escribió desde cuentas nuevas.
Envió correos.
Al principio eran órdenes.
“Tenemos que hablar.”
“Deja de comportarte como una niña.”
“Ya fue suficiente.”
Luego llegó la irritación.
“No puedes desaparecer después de siete años.”
Después, la incredulidad.
“¿De verdad tiraste nuestra relación por una foto?”
Y finalmente apareció algo que nunca había visto en él.
Miedo.
“Elena, contéstame aunque sea para decirme que estás bien.”
No respondí a ninguno.
Yo no había terminado nuestra relación por una fotografía.
La fotografía solo me había mostrado con absoluta claridad algo que llevaba años negándome.
Adrian no me amaba como a una compañera.
Me amaba como se ama algo que uno cree poseer.
Algo que puede abandonar sobre una mesa porque está seguro de que seguirá allí cuando vuelva.
Dos meses después de mi mudanza, mi madre me llamó.
—Adrian vino a casa.
Cerré los ojos.
—Preguntar dónde estás.
—Espero que no se lo hayas dicho.
Mi madre guardó silencio demasiado tiempo.
—Mamá.
—No se lo dije. Pero lloró.
Solté una risa breve, sin humor.
Durante nuestra relación yo había llorado frente a Adrian tantas veces que había perdido la cuenta.
Lloré cuando desapareció durante tres días después de una discusión.
Lloré cuando encontré mensajes demasiado íntimos entre él y Chloe.
Lloré cuando en aquella fiesta sus amigos empezaron a pedirles que se besaran y él, en vez de detenerlos, sonrió.
Yo había llorado.
Él había observado.
Ahora que lloraba él, todos parecían creer que aquello demostraba la profundidad de sus sentimientos.
—Mamá, llorar no convierte a una persona en buena.
Ella suspiró.
—Solo digo que parecía arrepentido.
—También parecía enamorado mientras sostenía a otra mujer.
Esta vez mi madre no respondió.
Antes de colgar me dijo:
—Solo quiero que seas feliz.
Miré mi pequeño apartamento.
Había plantas en la ventana.
Una lámpara que yo misma había instalado.