PARTE 2
—¿Qué acabas de decir? —pregunté.
Chloe abrió la boca, pero Ethan la sujetó del brazo.
—Está alterada. No sabe lo que dice.
—Claro que lo sé —replicó ella, liberándose—. Me dijiste que después de esta cena todo cambiaría. Que Amelia aceptaría terminar el compromiso en privado y que mañana nosotros haríamos el anuncio.
Ethan apretó la mandíbula.
—Cállate, Chloe.
Fue la primera vez que ella pareció comprender que no era su gran amor.
Era un problema que él necesitaba controlar.
Me senté nuevamente.
—Continúa.
—Amelia —intervino la madre de Ethan—, no es necesario convertir una cuestión personal en un espectáculo.
—Llegaron a mi casa con una mujer usando mi anillo. El espectáculo ya comenzó.
Mi padre hizo una seña al personal para que cerraran las puertas del comedor.
No quería escándalos.
Tampoco quería que nadie saliera antes de que conociéramos toda la verdad.
Chloe miró alrededor, nerviosa.
—Ethan dijo que el compromiso con Amelia era solo una formalidad. Que la inversión ya estaba asegurada y que, después de obtener la aprobación final del proyecto, podía dejarla.
Sentí que algo se acomodaba dentro de mí.
No era dolor.
Era claridad.
Durante los últimos seis meses, Ethan había insistido en acelerar las transferencias de capital hacia Sinclair Harbor. Había presionado a mi equipo para liberar fondos antes de completar las auditorías.
Yo me había negado.
Él lo había llamado desconfianza.
Ahora entendía la urgencia.
No quería casarse conmigo.
Quería usar mi apellido, mi dinero y mi reputación para salvar su empresa. Después, pensaba sustituirme públicamente por Chloe.
—Laura —dije—, llama a Marcus.
Mi asistente marcó de inmediato.
Marcus Reed era el director de auditoría interna del Grupo Hamilton. Llevaba tres semanas investigando irregularidades en las cuentas del proyecto.
Contestó al segundo tono.
—Señora Hamilton.
—Activa la revisión de emergencia. Bloquea todas las transferencias relacionadas con Sinclair Harbor y envía los hallazgos preliminares a mi correo.
El padre de Ethan se levantó.
—Eso sería una violación de nuestro acuerdo.
—No si existen indicios de fraude.
La palabra cayó sobre la mesa como una bomba.
Ethan dejó de fingir indignación.
—¿Fraude?
—Veamos.
Un minuto después, mi tableta vibró.
Abrí el informe.
Había facturas duplicadas, consultorías inexistentes, sobrecostos en materiales y transferencias hacia una empresa registrada en Delaware seis meses atrás.
El nombre de la compañía era Bennett Strategic Consulting.
Miré a Chloe.
—¿Bennett?
Ella retrocedió.
—Yo no sé nada de eso.
—La empresa está a tu nombre.
Ethan se colocó delante de ella.
—Fui yo quien la creó.
Su padre lo miró horrorizado.
—¿Cuánto dinero moviste?
Ethan no respondió.
Yo seguí leyendo.
—Cuatro millones ochocientos mil dólares.
La madre de Ethan se llevó una mano al pecho.
Chloe comenzó a llorar.
—Ethan me dijo que era dinero para nuestra casa.
—Lo era —respondió él con brusquedad—. Nuestro dinero.
Levanté la vista.
—No. Era dinero del proyecto.
—Todavía no había salido de la compañía.
—Intentaste ocultarlo mediante una empresa pantalla.
—Lo habría devuelto.
—Después de casarte conmigo y recibir el capital de los Hamilton.
Ethan golpeó la mesa.
—¡No entiendes la presión bajo la que he estado!
—La entiendo perfectamente. Tu empresa está endeudada, tu proyecto está al borde del colapso y necesitabas que yo lo salvara.
Me puse de pie.
—Lo que no entiendo es por qué pensaste que podías robarme, humillarme y conservar mi dinero.
Su expresión cambió.
Por un instante dejó de ser el heredero impecable que aparecía en revistas empresariales.