Se convirtió en un hombre acorralado.
—Porque siempre elegiste a la compañía antes que a mí.
Lo miré, incrédula.
—¿Esa es tu justificación?
—Nunca me amaste. Todo contigo era contratos, reuniones y resultados. Chloe me hizo sentir que yo importaba.
Chloe lo observó con los ojos llenos de lágrimas.
Tal vez aquellas palabras la conmovían.
A mí no.
—Entonces debiste terminar conmigo —dije—. No falsificar facturas.
Ethan guardó silencio.
Mi padre se puso de pie por primera vez.
—La cena ha terminado.
La voz de Richard Hamilton no necesitaba volumen para imponer obediencia.
Se dirigió al padre de Ethan.
—Sus abogados recibirán una notificación antes de medianoche. Todo contacto futuro se hará por escrito.
—Richard, podemos solucionarlo.
—Su hijo intentó desviar casi cinco millones de dólares.
—Es un asunto interno.
—En cuanto tocó dinero de mi compañía, dejó de serlo.
La familia Sinclair abandonó la casa en medio de un silencio absoluto.
Chloe fue la última en salir.
Antes de cruzar la puerta, se detuvo frente a mí.
—Él nunca te amó.
—Lo sé.
Mi respuesta pareció desconcertarla.
Esperaba herirme.
Pero ya no podía.
—Y tampco te ama a ti —añadí.
Chloe apretó los labios.
—Está dispuesto a perderlo todo por mí.
—No. Está dispuesto a perderte a ti para salvarse a sí mismo. Todavía no lo sabes, pero lo descubrirás pronto.
A la mañana siguiente, la prensa financiera convirtió la ruptura en noticia nacional.
Los titulares hablaban del fin de la alianza Hamilton-Sinclair, de la suspensión del proyecto Harbor y de una posible investigación por malversación.
Mi teléfono no dejó de sonar.
Accionistas, periodistas, socios, competidores.
Ignoré a todos menos a mi equipo legal.
A las nueve y cuarto, Ethan apareció en las oficinas del Grupo Hamilton.
No tenía cita.
Tampoco tenía permiso para entrar.
Aun así, logró llegar hasta la recepción ejecutiva antes de que seguridad lo detuviera.
—Necesito hablar con Amelia —exigió.
Yo podía verlo desde la pared de cristal de mi despacho.
Llevaba la misma ropa de la noche anterior. Tenía el cabello desordenado y el rostro marcado por el cansancio.
Durante años, Ethan había entrado en mi oficina sin anunciarse.
Ese día necesitaba autorización.
Presioné el intercomunicador.
—Déjenlo pasar.
Entró y cerró la puerta.
—Retira la acusación.
—Todavía no existe una acusación formal.
—Pero la habrá.
—Sí.
—Mi padre me expulsará de la junta.
—Probablemente.
—Los bancos congelaron nuestras líneas de crédito.
—Era previsible.
Ethan me miró como si no pudiera reconocerme.
—¿No sientes nada?
—Siento alivio.
Se acercó al escritorio.
—Amelia, cometí un error.
—Un error es olvidar una fecha. Tú creaste una empresa pantalla, desviaste fondos y planeaste reemplazarme después de asegurar mi inversión.
—No era así.
Giré la tableta hacia él.
En la pantalla había correos electrónicos recuperados por auditoría.