Mensajes entre Ethan y el director financiero de Sinclair Group.
En uno de ellos, Ethan había escrito:
Una vez que los Hamilton transfieran el último tramo, Amelia no podrá retirarse sin perjudicar su propia reputación. Para entonces, el compromiso ya no será necesario.
Ethan leyó el mensaje y bajó la mirada.
—No pensaba que lo verías.
—Eso sí te lo creo.
Permaneció en silencio durante varios segundos.
Luego cambió de estrategia.
—Podemos casarnos de todos modos.
No pude evitar reír.
—¿Perdón?
—Mantenemos el compromiso, hacemos una declaración conjunta y explicamos que Chloe fue un malentendido. Después de la boda, podemos vivir vidas separadas.
Lo observé con una mezcla de asombro y desprecio.
—¿Eso es lo mejor que puedes ofrecerme?
—Es lo mejor para las compañías.
—No. Es lo mejor para ti.
—También para tu imagen.
—Mi imagen sobrevivirá a una ruptura.
Me incliné hacia delante.
—La tuya quizá no sobreviva a una condena.
El rostro se le endureció.
—Si me destruyes, arrastraré a Chloe conmigo.
—Ahí está.
—¿Qué?
—El hombre que le prometió el mundo anoche y hoy está dispuesto a entregarla para salvarse.
Ethan apartó la mirada.
—Ella sabía lo de la empresa.
—Eso lo decidirán los investigadores.
—Puedo testificar que fue idea suya.
—También pueden comparar tus firmas, tus correos y las instrucciones que enviaste.
Se quedó inmóvil.
Por primera vez entendió que no tenía salida fácil.
—Amelia —dijo con voz baja—, seis años no pueden terminar así.
—No terminaron anoche.
Me levanté.
—Terminaron cada vez que me mentiste y yo decidí no hacer preguntas. Anoche solo dejé de ignorarlo.
Llamé a seguridad.
Ethan me observó con los ojos enrojecidos.
—Algún día te quedarás sola y entenderás lo que perdiste.
—Prefiero estar sola que sentada junto a un hombre que calcula cuánto vale traicionarme.
Se lo llevaron sin que opusiera resistencia.
Dos semanas después, la investigación reveló que el fraude era aún mayor.
Ethan había utilizado contratos falsos para desviar más de doce millones de dólares durante tres años.
Chloe no era la mente maestra.
Tampoco era completamente inocente.
Había firmado documentos, recibido pagos y usado parte del dinero para comprar un apartamento frente al lago.
Cuando los agentes federales llegaron a detenerla, llamó a Ethan.
Él no contestó.
Más tarde supo por su abogado que Ethan había ofrecido colaborar con la fiscalía a cambio de una reducción de pena.
Su colaboración incluía testificar contra ella.
Exactamente como le había advertido.
Los Sinclair intentaron salvar su compañía expulsando a Ethan de la junta y vendiendo propiedades. No fue suficiente.
Sin nuestra inversión, Sinclair Harbor entró en bancarrota.
El terreno fue subastado seis meses después.
El Grupo Hamilton lo compró por menos de la mitad de su valor original.
Mi equipo presentó un nuevo proyecto: viviendas, espacios comerciales, un parque público y un centro de capacitación para mujeres emprendedoras.
Cuando la prensa me preguntó si aquella compra era una venganza, respondí:
—No. Es una corrección de rumbo.
Un año después, regresé al mismo comedor donde todo había comenzado.
No había invitados.
Solo mi padre y yo.
Sobre la mesa había una pequeña caja de terciopelo.
La había recuperado la fiscalía junto con las pertenencias de Chloe.