PARTE 2
A las seis de la mañana, Carmen ya estaba en la cocina haciendo hot cakes con la harina que había comprado.
Sofía hablaba sin parar de su escuela, de una compañera que llevaba moños gigantes y de una maestra que olía a vainilla. Mateo, en cambio, apenas probó un bocado.
Sabía que su papá iba a llegar.
Y eso le revolvía el estómago.
Durante meses había tragado coraje en silencio para no darle más problemas a su mamá.
Se refugiaba en el ajedrez, en libros viejos y en no pedir nada.
A los trece años, Mateo ya entendía demasiado bien la diferencia entre un padre ocupado y un padre que decide desaparecer.
Antes de las diez, Mariana extendió todo sobre la mesa: estados de cuenta, comprobantes de transferencias, facturas de materiales para la cabaña, mensajes con contratistas, recibos de muebles, colegiaturas atrasadas y una hoja notariada donde constaba que su abuela le había dado setecientos cincuenta mil pesos para el enganche de la casa de Querétaro.
Pero faltaba una pieza.
Ese dinero había pasado primero a una cuenta de Andrés.
La cuenta ya estaba cerrada y el banco se negaba a entregar movimientos antiguos sin orden judicial.
Esteban tomó la copia de la escritura de la casa y señaló el monto del enganche.
—Aquí dice que el enganche fue de un millón ciento cincuenta mil pesos.
—Setecientos cincuenta salieron de mi abuela —respondió Mariana—.
Andrés me dijo que el resto salió de nuestros ahorros.
Carmen se puso pálida.
—No salió de sus ahorros.
Mariana la miró.
—¿Qué?
—Nosotros le dimos cuatrocientos mil pesos —dijo Carmen—.
Tu suegro vendió un terreno pequeño en Linares.
Andrés nos dijo que era para completar el enganche de la casa.
Esteban dejó la escritura sobre la mesa con una calma peligrosa.
—Y yo le pedí recibo firmado.
El silencio cayó pesado.
Esteban abrió una carpeta vieja.
Ahí estaba una copia del recibo escrito a mano por Andrés, con fecha dos meses después de la boda.
También estaba el comprobante bancario con el concepto: “apoyo para enganche de vivienda familiar”.
Mariana sintió que el aire volvía a entrarle al cuerpo.
Si ese dinero había sido entregado después del matrimonio, la casa no pudo haberse comprado antes.
La fecha de la escritura era falsa o había sido manipulada. Y eso ya no era solo divorcio.
Eso olía a fraude.
A las diez con doce minutos, Andrés tocó la puerta.
Entró con saco caro, zapatos brillantes y la sonrisa ensayada de quien ha ganado demasiadas discusiones antes de empezarlas.
—Supongo que Mariana ya les contó su versión dramática —dijo.