Carmen no se levantó.
—No es una versión.
Cambiaste fechas, escondiste bienes y dejaste a tus hijos viviendo en un lugar que ni siquiera conocíamos.
Andrés soltó una risa seca.
—Todo está dentro de la ley.
Mariana siempre exagera.
—Qué curioso —dijo Mariana—.
Porque tengo facturas de la cabaña pagadas desde mi cuenta, mensajes tuyos con el contratista y una donación a la mamá de Brenda que se firmó cuando ya sabías que te ibas.
La sonrisa de Andrés se endureció.
—Nada de eso prueba el origen del enganche de la casa.
Esteban desbloqueó su celular y puso la pantalla frente a su hijo.
Ahí estaba el recibo.
La letra de Andrés.
La firma de Andrés.
La fecha que lo hundía.
Por primera vez, el abogado perdió el color de la cara.
—Cuando entraste a la facultad
—dijo Esteban—, te dije que la ley podía usarse para construir o para destruir.
Mira en qué la convertiste.
Andrés bajó la vista.
Luego sacó un papel doblado del saco.
Ofreció devolver una parte de los bienes, subir la pensión y firmar un acuerdo rápido para evitar juicio. Mariana no movió ni un dedo.
—¿Por qué ahora? —preguntó—. Durante ocho meses me dijiste que todo estaba cerrado.
Andrés apretó la mandíbula.
Miró hacia el pasillo, donde la puerta del cuarto de Mateo estaba entreabierta.
—Brenda me dejó hace tres semanas —confesó—. Pero eso no es lo peor.
Carmen se levantó despacio.
—¿Qué más hiciste?
Andrés respiró como si cada palabra le raspara la garganta.
—Hay algo que descubrí después… y no saben nada.
Justo cuando iba a decirlo, Mateo abrió la puerta y salió.