Parte 2
La fiscal Claudia Santamaría no me miró al entrar. Eso fue lo que más me gustó de ella.
No venía a rescatarme.
Venía a trabajar.
Mostró una orden para asegurar el celular de Iván y otra para revisar documentos relacionados con la casa de Coyoacán, el crédito hipotecario y las transferencias realizadas durante los últimos dos meses.
Iván levantó las manos como si todo fuera una confusión menor.
“Esto es ridículo. Es una fiesta privada.”
La fiscal ni siquiera cambió el tono.
“También es el lugar donde usted decidió grabar una entrega de documentos vinculados a una investigación por fraude.”
Teresa soltó una carcajada seca.
“¿Fraude? Mi hijo invirtió años en esa casa. Pintó paredes. Cambió puertas. Pagó arreglos.”
Desde atrás de los policías apareció Lucía Esquivel, mi abogada, con un vestido negro sencillo y una carpeta bajo el brazo. Había estado en el baile como mi invitada. Iván pensó que era una compañera más.
Lucía miró a Teresa.
“Cambiar azulejos no convierte una herencia en propiedad conyugal.”
El rostro de mi suegra se tensó.
Iván dio un paso hacia mí.
“¿Tú planeaste esto?”
“No”, respondí. “Yo reporté lo que hicieron con mi nombre.”
Su voz subió.
“Yo era tu esposo. Tenía poder notarial.”
“Tuviste uno”, dije. “Fue revocado.”
La palabra cayó sobre la mesa como un plato roto.
Alrededor, los oficiales se apartaron sin hacer ruido. Nadie quería estorbar, pero nadie quería perderse lo que estaba pasando. El coronel Mendoza permanecía de pie, serio, con los brazos cruzados.
La fiscal explicó que el banco había entregado copias del crédito, la escritura modificada, el poder revocado y videos de la sucursal donde Teresa había acompañado a Iván el día de la operación.
“Eso es mentira”, dijo Teresa.
Lucía abrió su carpeta.
“No. Lo que es mentira es esto.”
Sacó una copia del convenio que venía dentro de la demanda de divorcio. Según ese documento, yo había aceptado convertir mi casa heredada en patrimonio común y renunciaba a reclamar cualquier deuda contraída por Iván durante el matrimonio.
Nunca había visto ese papel.
Pero ahí estaba mi firma.
Y el sello de una notaría de Naucalpan.
El notario auxiliar que aparecía en el documento era Sergio Ríos, primo de Teresa.
La fiscal colocó una fotografía sobre la mesa.
Era una captura de seguridad de la entrada de la notaría, tomada el mismo día en que supuestamente yo había firmado.
Yo no aparecía.
Aparecían Iván y Teresa.
Ella llevaba una carpeta roja bajo el brazo.
Ese día yo estaba en Chihuahua, en un ejercicio militar. Había registros de vuelo, pases de acceso, fotografías de la unidad y 36 personas que podían confirmar que yo jamás puse un pie en Naucalpan.
Teresa perdió color.
Iván se pasó la lengua por los labios.
“Eso no prueba nada.”
La fiscal sacó otra hoja.
“Hay más.”
El archivo digital del convenio había sido creado la tarde anterior, a las 6:42. No 18 meses antes, como decía la demanda. No durante una supuesta visita mía a la notaría. Ayer.
Lucía agregó:
“Y fue creado después de que el abogado de Iván le pidió una copia del convenio patrimonial para anexarlo al divorcio.”
El celular de Iván, todavía en su mano, recibió una notificación. Todos escuchamos el sonido. Él intentó bloquear la pantalla.
Uno de los policías se acercó.
“No lo toque más.”
Iván apretó la mandíbula.
Teresa miró a su hijo, ya no con orgullo, sino con pánico.
La fiscal le preguntó:
“Señora Teresa, ¿usted sabía que ese convenio no existía antes de ayer?”
Ella abrió la boca.
Iván dijo rápido:
“Mamá, no contestes.”
Pero Teresa ya estaba rota por dentro. El silencio de todo el salón la aplastaba. Su vestido brillante parecía una armadura barata.
Entonces susurró:
“Me dijiste que nadie podía revisar la fecha del archivo.”
Iván cerró los ojos.
Y yo supe que esa frase acababa de hundirlos.