La respuesta estaba clara.
Adrian hizo un gesto a su jefe de seguridad.
—Acompáñala fuera.
Victoria abrió los ojos.
—¿Vas a echarme?
—De esta gala.
—Soy una Lancaster.
—También yo.
Su voz se volvió helada.
—Y desde mañana no tendrás acceso a ninguna oficina, cuenta corporativa ni propiedad de Lancaster Global hasta que nuestros abogados terminen de investigar cada documento de esa carpeta.
Victoria se tambaleó.
—No puedes hacerme esto.
—Acabas de admitir frente a millones de personas que falsificaste documentos médicos y participaste en un fraude.
Adrian inclinó ligeramente la cabeza.
—Que agradezcas que lo único que estoy haciendo esta noche sea pedirte que te marches.
Dos guardias se acercaron.
La gran Victoria Lancaster tuvo que abandonar el salón bajo cientos de miradas.
Antes de cruzar la puerta se giró hacia mí.
Durante años pensé que, si algún día conseguía verla derrotada, sentiría alivio.
No sentí nada.
Porque los catorce años que nos había quitado no volverían.
Nunca.
Después de la gala, Adrian nos llevó a una sala privada del hotel.
Nadie habló durante varios minutos.
Los chicos se sentaron juntos en un sofá.
Yo permanecí cerca de ellos.
Adrian se quedó frente a la ventana mirando Manhattan.
Finalmente se giró.
—Quiero hacer una prueba de ADN oficial.
Noah arqueó una ceja.
—Pensé que habíamos superado esa parte.
—No porque dude de ustedes.
Adrian respiró hondo.
—Necesito que todo quede legalmente documentado.
—Está bien —respondí.
Nos miró sorprendido.
Quizá esperaba una pelea.
—¿Así de fácil?
—No vine a pedirte dinero, Adrian.
—Entonces ¿por qué viniste?
Miré a mis hijos.
—Porque alguien empezó a seguirlos.
Su expresión cambió de inmediato.
—¿Qué?
Ethan sacó varias fotografías.
Una camioneta negra estacionada frente a nuestra casa.
Un hombre fotografiando a Lucas al salir de la escuela.
Otro esperando cerca del centro deportivo donde entrenaba Noah.
—Empezó hace seis semanas —expliqué—. Al principio pensé que era casualidad.
Lucas añadió:
—Hasta que uno de ellos intentó entrar en la base de datos de nuestra escuela.
Adrian tomó las fotografías.
—¿Cómo saben eso?
Ethan levantó la mano.
—Porque el sistema de ciberseguridad de la escuela es terrible.
Lo miré.
—Ethan.
—¿Qué? Lo es.
Adrian, contra todo pronóstico, casi sonrió.
Solo duró un segundo.
—¿Descubriste quién fue?
—Seguí la dirección digital hasta una consultora privada.
—¿Nombre?
—Blackthorn Investigations.
El rostro de Adrian se endureció.
—Conozco esa empresa.
—Nosotros también —dijo Noah—. Trabaja para Lancaster Global.
Adrian negó.
—Trabajaba. Los despedí hace cinco meses.
—¿Por qué?
—Filtraron información confidencial de una adquisición.
El silencio se volvió pesado.
Pregunté:
—¿Quién los contrató?
Adrian miró los documentos.
—Eso es exactamente lo que voy a averiguar.
—Nosotros ya lo hicimos —dijo Lucas.
Los tres chicos intercambiaron una mirada.
De pronto comprendí que ocultaban algo.
—Lucas…
—Mamá, no te enfades.
Era una frase peligrosa viniendo de cualquiera de mis hijos.
Noah sacó una memoria USB.
—Seguimos el dinero.
Adrian la tomó.
—¿Hasta dónde?
—Hasta una empresa fantasma en Delaware.
Ethan continuó:
—La empresa pertenece a otra sociedad.
Lucas terminó:
—Y esa sociedad está controlada por una fundación.
Adrian frunció el ceño.
—¿Qué fundación?
Noah lo miró directamente.
—La Fundación Lancaster.
El rostro de Adrian quedó inmóvil.
Yo entendí antes de que hablara.
—Tu madre.
—No necesariamente.
—¿Quién más tiene acceso?
Adrian tardó un segundo demasiado largo en responder.
—Mi tío.
Richard Lancaster.
El hermano menor del difunto padre de Adrian.
Vicepresidente del consejo.
El hombre que durante años había aparecido en revistas económicas sonriendo junto a su sobrino.
—¿Por qué querría seguir a mis hijos? —pregunté.
Adrian se sentó por fin.
—Porque si yo muriera sin descendencia, Richard sería la persona con más posibilidades de controlar el fideicomiso familiar y una parte importante de las acciones con derecho a voto.
Noah se inclinó hacia delante.
—Pero si tienes hijos…
—Todo cambia.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Crees que están en peligro?
Adrian no intentó tranquilizarme con una mentira.
—Sí.
Esa misma noche, tres vehículos blindados nos llevaron a una de sus propiedades fuera de Manhattan.
Los chicos parecían fascinados.
Yo estaba furiosa.
—No necesitamos vivir contigo.
—No te estoy pidiendo que vivas conmigo.
—Estamos literalmente en tu casa.
—Estoy intentando mantenerlos vivos.
—Los mantuve vivos durante catorce años sin ti.
El comentario lo golpeó.
Lo vi.
Pero Adrian no respondió con rabia.
—Lo sé.
Aquella respuesta me desarmó más que cualquier discusión.
Bajó la voz.
—Y sé que no tengo derecho a aparecer de repente y comportarme como su padre.
Miró hacia la habitación donde estaban los chicos.
—Pero dame la oportunidad de protegerlos.
—Protegerlos no te convierte automáticamente en su padre.
—También lo sé.
—Y no voy a permitir que intentes comprarlos.
—Emma.
Sus ojos grises se clavaron en los míos.
—Acabo de descubrir que tengo tres hijos. No sé cuál es su comida favorita. No sé qué música escuchan. No sé qué asignatura odian. No sé si alguno se rompió alguna vez un brazo.
Hizo una pausa.
—No sé nada.
Su voz se quebró.
—Créeme, en este momento el dinero es lo menos importante que tengo para ofrecerles.
No supe qué decir.
Porque, por primera vez en catorce años, pude ver al Adrian del que me había enamorado.
No al multimillonario.
No al hombre de las portadas.
Al joven que una vez se había arrodillado bajo la lluvia para limpiar una herida en mi rodilla.
Los resultados de ADN llegaron cuarenta y ocho horas después.
99,99%.
Tres veces.
Adrian leyó cada informe por separado.
Después los guardó en una carpeta.
No celebró.
No llamó a la prensa.
Simplemente subió al segundo piso.
Encontré a Noah sentado en la cocina media hora más tarde.
—¿Dónde están tus hermanos?
—Con Adrian.
Me sorprendió escucharlo usar su nombre sin sarcasmo.
—¿Haciendo qué?
Noah señaló hacia el jardín.
Me acerqué a la ventana.
Adrian estaba intentando lanzar una pelota de béisbol.
Intentando era la palabra adecuada.
Lucas se reía de él.
Ethan grababa con su teléfono.
—No parece muy atlético —dije.
Noah soltó una carcajada.
—Es horrible.
Me quedé mirando.
Lucas corrigió la postura de Adrian.
Adrian lo intentó otra vez.
La pelota voló directamente hacia un arbusto.
Los tres terminaron riendo.
Algo dentro de mí dolió.
No porque fuera una escena triste.
Sino porque era exactamente la clase de escena que deberíamos haber vivido catorce años antes.
—¿Estás enfadado conmigo? —pregunté.
Noah dejó de sonreír.
—¿Por ocultarnos?
Asentí.
Él pensó unos segundos.
—Un poco.
Mi corazón se hundió.
Pero continuó:
—Aunque entiendo por qué lo hiciste.
—Pensaba que él no los quería.
—Lo sé.
—Si hubiera sabido la verdad…
—También lo sé, mamá.
Noah tomó mi mano.
—Solo creo que ahora nosotros tenemos derecho a conocerlo y decidir qué sentimos.