PARTE 2
La cirugía duró casi tres horas.
Mientras Rodrigo y Valeria estaban en quirófano, mi mamá llegó al hospital con un rosario entre las manos y una frase que me atravesó más que la traición.
—Mariana, no destruyas dos matrimonios por una calentura.
La miré sin responder.
Mi papá, don Ernesto Alcántara, permanecía sentado con la mirada perdida. Siempre había creído que Rodrigo era el yerno perfecto: educado, ambicioso, de buena familia. Yo también lo creí durante cinco años.
Hasta que abrí su caja fuerte.
Manejé de regreso a la casa antes del amanecer. El estudio de Rodrigo olía a cuero caro y a whisky. Tecleé la combinación con manos firmes.
Dentro había contratos falsos, transferencias a empresas fantasma en Panamá, copias de propuestas confidenciales de Grupo Alcántara y un borrador de demanda de divorcio diseñado para quitarme mis derechos de voto.
Pero lo que me dejó sin aire fue un certificado médico.
Rodrigo se había hecho una vasectomía dos años antes.
Dos años.
Durante todo ese tiempo me acompañó a consultas de fertilidad, me vio inyectarme hormonas, me sostuvo la mano mientras yo lloraba creyendo que mi cuerpo me estaba fallando.
Y nunca dijo nada.
La infidelidad ya no era el centro.
Era una estrategia.
Al día siguiente convoqué una reunión urgente en la torre corporativa de Santa Fe. Estaban mis padres, Andrés, los abogados, el consejo directivo y Rodrigo, todavía débil, sentado en una silla de ruedas.
Su madre fue la primera en hablar.
—Los hombres se equivocan, Mariana. Una esposa madura sabe perdonar.
Puse el certificado médico sobre la mesa.
Luego las transferencias.
Luego las fotos.
Luego el audio.
—Su hijo no se equivocó —dije—. Su hijo me usó como puerta de entrada para robar la empresa de mi familia.
El abogado corporativo, Gabriel Rivas, leyó en voz alta la solicitud de divorcio, la demanda por desvío de recursos y la denuncia por uso indebido de información confidencial.
Rodrigo intentó culpar a Valeria.
Valeria, desde una videollamada del hospital, lo culpó a él.
Mi mamá dejó de rezar.
Mi padre se levantó lentamente.
—Mariana —dijo—, quiero que regreses como directora general de Grupo Alcántara.
Acepté.
No por venganza.
Sino porque entendí que Rodrigo me había sacado de la empresa para dejar la casa sin llave.
Esa misma tarde apareció una pista inesperada.
Una amiga de Valeria llamada Paola me citó en una cafetería de la Roma Norte. Llegó nerviosa, con lentes oscuros y una memoria USB escondida dentro de una servilleta.
—Valeria no empezó esto sola —dijo—. Alguien le pagó para acercarse a Rodrigo.
—¿Quién?
—Héctor Ortega.
Sentí un golpe en el estómago.
Ortega Infraestructura era nuestro rival más agresivo en licitaciones públicas.
Paola explicó que Héctor le prometió a Valeria 25 millones de pesos para provocar un escándalo, grabar conversaciones y debilitar a Grupo Alcántara antes de una licitación federal. Ella aceptó porque su papá necesitaba una cirugía costosa. Después quiso salirse, pero la amenazaron con videos privados.
—Hay un infiltrado en tu oficina —añadió Paola—. Alguien muy cerca de tu consejo.
Contraté auditores forenses esa misma noche.
En menos de veinticuatro horas identificaron a Sergio Villalobos, director de mercadotecnia, recomendado por Rodrigo dos años atrás. Tenía depósitos inexplicables, llamadas con Ortega y acceso a documentos sensibles.
Cuando lo confronté, se quebró.
—No fui el único —dijo, sudando—. Hay alguien de tu sangre metido en esto.
Antes de que firmara su declaración ante el Ministerio Público, mi hermano Andrés fue detenido por agentes federales.
Según las autoridades, habían encontrado 25 millones de pesos en efectivo dentro de su camioneta, junto con un contrato falso que lo vinculaba a una licitación fraudulenta.
El mismo monto que Ortega había prometido a Valeria.
Mientras veía las noticias en mi celular, recibí una llamada desconocida.
—Renuncia hoy, Mariana —dijo la voz de Héctor Ortega—, o tu hermano va a pasar veinte años en prisión.
Colgó.
En ese instante me llegó un mensaje de Rodrigo:
“Yo sé quién está pagando a Ortega. No es un rival. Es alguien de tu familia.”
Abrí el archivo adjunto.
Y cuando vi el nombre, sentí que el piso se hundía bajo mis pies.