PARTE 3
El nombre escrito en el documento era Raúl Alcántara.
Mi tío Raúl.
El hermano menor de mi padre.
El hombre que me llevaba paletas de limón cuando era niña, el que cargó a Andrés el día que nació, el que lloró en mi boda como si me estuviera entregando al mejor hombre del mundo.
No podía ser.
Pero los documentos no pedían permiso para doler.
El archivo incluía estados de cuenta de una empresa llamada Capital Lince, transferencias por cientos de millones de pesos y comunicaciones directas con Héctor Ortega. Mi tío no solo había financiado el ataque. Lo había diseñado.
Llamé a Rodrigo.
Acepté verlo en su clínica de rehabilitación en Interlomas.
Cuando entré, casi no reconocí al hombre que antes caminaba por los salones como dueño del mundo. Estaba flaco, apoyado en una andadera, con ojeras profundas y una humildad que le quedaba nueva.
Me entregó otra memoria USB.
—Ortega intentó reclutarme desde hace un año —confesó—. Yo al principio me negué. Después usaron a Valeria, me grabaron, me amenazaron y terminé haciendo lo peor.
—No confundas miedo con inocencia —le dije.
—No lo hago —respondió, mirando sus manos—. Solo revisa los archivos. Tu tío Raúl lleva años vigilando cada movimiento de tu familia.
La memoria contenía audios de Ortega ordenando sembrar el dinero en la camioneta de Andrés. También había videos de seguridad de un estacionamiento en Polanco donde dos hombres abrían su vehículo la noche anterior a la detención.
Nuestros abogados llevaron todo a la Fiscalía General de la República.
Cuarenta y ocho horas después, Andrés salió libre.
Cuando lo vi cruzar la puerta, corrí hacia él. Me abrazó tan fuerte que casi perdí el equilibrio.
—Valeria quiere declarar —me dijo con la voz rota—. No sé si algún día pueda perdonarla, pero tampoco voy a dejar que Ortega y el tío Raúl la entierren viva si está diciendo la verdad.
—Perdonar no significa regresar al incendio —le respondí.
Valeria declaró al día siguiente. Admitió que aceptó dinero, que mintió, que grabó conversaciones y que el miedo no explicaba toda su traición. También entregó fotos de reuniones privadas entre Ortega, mi tío Raúl y otro hombre que me partió el alma reconocer.
Mi tío Emilio.
El segundo hermano de mi padre.
Los dos juntos.
Los dos contra nosotros.
Ortega reaccionó con furia. Organizó una conferencia de prensa y acusó a Grupo Alcántara de corrupción, lavado de dinero y manipulación de licitaciones. Horas antes, filtró a varios medios un supuesto reporte psiquiátrico donde decían que yo era paranoica e incapaz de dirigir una empresa.
El consejo entró en pánico.
—Mariana, quizá deberías tomar una licencia temporal —sugirió uno de los directores—. Solo hasta que pase la tormenta.
Me puse de pie.
—No voy a esconderme para que una mentira se sienta cómoda.
Presenté el dictamen del hospital demostrando que el reporte era falso, las primeras carpetas de investigación y una alianza estratégica que yo había negociado en secreto con una empresa mexicana de tecnología médica para modernizar hospitales públicos y privados.