A las diez de la mañana vimos la conferencia de Ortega en las pantallas del consejo.
Él apareció sonriendo, impecable, rodeado de periodistas.
—Hoy vamos a revelar la corrupción de una familia que se cree intocable —dijo.
No alcanzó a mostrar sus documentos falsos.
Las pantallas detrás de él cambiaron de golpe.
Aparecieron sus mensajes con Sergio Villalobos, las instrucciones para incriminar a Andrés, los pagos de Capital Lince y una grabación donde mi tío Raúl prometía entregarle a Ortega nuestra división inmobiliaria si lo ayudaba a tumbar a mi padre.
El salón estalló.
Los reporteros gritaron.
Ortega intentó salir por una puerta lateral.
Agentes federales lo estaban esperando.
Pero el golpe final todavía no había llegado.
Horas después de su arresto, Grupo Alcántara sufrió un ciberataque masivo. Nuestros sistemas se apagaron, proveedores llamaban desesperados, las acciones cayeron y una serie de cuentas anónimas comenzó a comprar participaciones de la empresa a precio de remate.
—Hay que vender activos ya —dijo un consejero—. Antes de que todo se pierda.
—Eso es exactamente lo que ellos quieren —respondí—. Fabricaron el miedo para comprar nuestra casa por pedazos.
Activé un sistema de respaldo que había instalado al volver a la dirección y anuncié públicamente la alianza tecnológica junto con una auditoría independiente. Al mismo tiempo, pedimos a la Comisión Nacional Bancaria rastrear las compras anónimas.
Todas llegaban a sociedades relacionadas con mis tíos.
Esa noche, Raúl apareció en la casa de mis padres con una propuesta de compra. Mi papá, agotado y triste, sostenía una pluma sobre el papel.
—Ernesto —dijo Raúl con voz suave—, déjame salvar lo que queda. Mariana está actuando con orgullo.
Entré a la sala.
—Papá, si firmas eso, mañana no tendrás empresa que proteger.
Raúl golpeó la mesa.
—Esta niña está destruyendo el legado de la familia.
Saqué el informe de rastreo y lo puse frente a mi padre.
—Una de las cuentas que está comprando nuestras acciones pertenece a una constructora vinculada al tío Raúl.
Por primera vez, mi padre no miró los papeles.
Miró a su hermano.
Y la cara de Raúl bastó.
No llamamos a la policía esa noche. Necesitábamos pruebas completas, no solo una expresión culpable. Fingí considerar su oferta mientras Gabriel Rivas cerraba la red legal.
Al día siguiente, Raúl entró a mi oficina con una sonrisa falsa.
—Te ves cansada, Mariana. Hazte a un lado. Yo puedo tranquilizar a los inversionistas.
—¿Quieres salvar la empresa, tío? —pregunté—. ¿O terminar de robártela?
Su sonrisa desapareció cuando dos agentes salieron de la sala de juntas.
La auditoría reveló préstamos no declarados, facturas alteradas, pagos a Ortega y transferencias a Capital Lince. Emilio también cayó. Ambos habían financiado el ataque para quedarse con el control que creían merecer desde la muerte de mi abuelo.
La verdad era más vieja que mi matrimonio.
Quince años atrás, tras la muerte del abuelo Julián, Raúl y Emilio sobornaron a un abogado para alterar partes del fideicomiso familiar. Querían provocar pleitos internos, bajar el valor de las acciones y comprar la empresa mediante prestanombres. Mi padre fue nombrado presidente por mérito, y ellos jamás lo perdonaron.
La aventura de Rodrigo y Valeria solo fue la primera pieza.
Luego vinieron las filtraciones, el escándalo, la caída de las acciones, la detención de Andrés y mi supuesta incapacidad mental.
Atacaron nuestros lazos porque sabían que ahí dolía más.