Ella había creído que Mateo la abandonó.
Mateo había creído que Elena se avergonzó de él.
El padre de Elena había ganado.
Y había perdido.
Porque murió sin su hija cerca.
En el fondo de la caja encontraron fotografías.
Una por cada aniversario.
El rosal pequeño.
Después creciendo.
Después cubierto de flores.
En el reverso Mateo había escrito fechas.
“Año 5. Todavía florece.”
“Año 12. El jardín sigue aquí.”
“Año 19. Ojalá algún día puedas verlo.”
Elena apretó una fotografía contra el pecho.
—Mi madre murió 2 años después de que me fui.
Mateo asintió.
—Yo estaba con ella.
Elena levantó los ojos.
—Mi padre dijo que fue repentino y que no pudieron localizarme.
Mateo tragó saliva.
—Quise avisarte.
—¿Y?
—Tu padre lo prohibió.
Elena se cubrió el rostro.
—Mi mamá murió pensando que no regresé.
Mateo se arrodilló frente a ella.
—No.
Elena lloraba.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Porque estuve allí.
Le tomó las manos.
—Tus últimas palabras fueron sobre ti.
—¿Qué dijo?
Mateo sonrió entre lágrimas.
—Que estaba orgullosa de su hija doctora.
Elena se derrumbó contra él.
Por primera vez en 20 años, Mateo la abrazó.
No como a la muchacha que había perdido.
Como a la mujer que había regresado cargando un dolor que ninguno de los 2 merecía.
Pero todavía faltaba otra verdad.
Aquella tarde Mateo la llevó al jardín.
—Hay algo que necesitas saber antes de vender.
Elena lo miró.
—¿Qué?
—La casa casi se perdió hace 3 años.
Don Octavio había acumulado deudas durante su enfermedad.
La propiedad estaba hipotecada.
Un empresario de Guadalajara ya planeaba comprarla, derribar la casa y construir un complejo turístico.
—¿Cómo no aparece eso en los documentos?
Mateo se quedó callado.
—Porque pagué la deuda.
Elena creyó haber entendido mal.
—¿Tú?
—Trabajé como chofer de carga durante la semana y administrando ranchos los fines de semana durante casi 20 años.
—¿Por qué?
Mateo miró los rosales.
—No tenía familia.
—Podías haber comprado una casa.
—Tenía una.
Elena sintió que se le humedecían los ojos.
—Esta no era tuya.
—No necesitaba que lo fuera.
Mateo explicó que había usado prácticamente todos sus ahorros para evitar la subasta.
Don Octavio aceptó únicamente con una condición.
—Me hizo prometer que nunca te diría.
—¿Por qué?
Mateo sonrió con tristeza.
—Porque si lo sabías, ibas a entender que nunca te abandoné.
Elena miró la casa.
El techo reparado.
Las paredes pintadas.
El jardín vivo.
Comprendió que la propiedad que había venido a vender solo seguía existiendo gracias al hombre al que había odiado durante 20 años.
—¿Por qué hiciste todo esto?
Mateo arrancó una hoja seca del rosal.
—Porque prometí a tu madre cuidar el jardín.
Después la miró.
—Y porque era lo único que todavía me conectaba contigo.
Elena no supo qué responder.
Esa misma mañana recibió 2 llamadas.
La primera era del agente inmobiliario.
—Doctora, tenemos comprador. Pago inmediato. Quieren construir 18 villas. Necesito su firma mañana.
Elena miró los rosales.
—No firme nada.
—Puede perder una fortuna.
—Entonces la perderé.
Colgó.
La segunda llamada llegó desde el hospital.
El director médico estaba alterado.