Por primera vez tenía ambas cosas.
Su profesión.
Y una vida.
También visitó la tumba de su padre.
Llevó la caja vacía.
—Me robaste 20 años.
No lloró al principio.
—Te odié cuando descubrí lo que hiciste.
Después miró la lápida de su madre junto a la de él.
—Pero guardaste las cartas.
Eso era lo extraño.
Don Octavio podía haberlas quemado.
No lo hizo.
Las escondió durante 20 años.
Quizá por culpa.
Quizá porque algún día pensó devolverlas.
Quizá porque incluso los hombres orgullosos saben cuándo han destruido algo demasiado grande para admitirlo.
—No puedo perdonarte todavía.
Elena tocó la piedra.
—Pero voy a intentarlo.
Regresó caminando hasta la hacienda.
Mateo estaba podando rosas.
Al verla, dejó las tijeras.
—¿Estás bien?
—Voy a estarlo.
Meses después, durante una tarde de primavera, Mateo la llamó al jardín.
Se arrodilló frente al rosal blanco.
Elena comenzó a reír.
—Te vas a ensuciar el pantalón.
—Llevo 20 años ensuciándome por estas rosas.
Cortó un pequeño botón blanco.
No llevaba anillo.
—No tengo una joya cara.
—Mateo…
—Déjame terminar.
Le ofreció la flor.
—Tengo una promesa que cumplí durante 20 años y un jardín que siguió creciendo cuando nosotros creíamos que todo había muerto.
Su voz se quebró.
—¿Quieres quedarte conmigo? No como la doctora Salgado. No como la dueña de esta casa. Como Elena.
Ella recibió la rosa con ambas manos.
Exactamente como había recibido aquel pequeño rosal 20 años atrás.
—Sí.
Mateo cerró los ojos.
—¿Sí?
—Sí, terco.
Se casaron en la iglesia del pueblo.
No hubo lujo.
Elena invitó a algunos colegas.
Mateo invitó prácticamente a medio municipio, aunque insistió en que “solo eran unos cuantos”.
El jardín proporcionó todas las rosas blancas.
La mejor amiga de Elena viajó desde Ciudad de México y lloró desde antes de comenzar la ceremonia.
Después de la boda, regresaron a la hacienda caminando.
Aquella noche se sentaron en el mismo banco donde de jóvenes habían hablado del futuro.
Elena apoyó la cabeza sobre el hombro de Mateo.
—¿Sabes qué es lo más extraño?
—¿Qué?
—Pasé 20 años creyendo que estaba avanzando.
—Avanzaste.
—Sí.
Miró la clínica iluminada a lo lejos.
—Pero confundí éxito con llegar sola.
Mateo entrelazó sus dedos.
—Yo pasé 20 años esperando.
—También viviste.
—Supongo.
—Cuidaste personas. Salvaste esta casa. Conservaste el jardín.
Elena sonrió.
—Y una vez llamaste anónimamente a mi hospital para pedir ayuda por el nieto de don Ernesto.
Mateo se quedó inmóvil.
—¿Quién te contó?
—Don Ernesto.
—Ese viejo habla demasiado.
Elena rio.