Valeria abandonó la facultad.
Lo alimentó, lo bañó y lo acompañó durante cada tratamiento. Para poder trabajar sin alejarse de él, terminó la carrera de enfermería.
En aquella época conoció a Darío, un joven administrador del hospital donde Héctor recibía atención.
Darío era encantador, ambicioso y atento. Le decía que admiraba su sacrificio.
Se casaron en una pequeña iglesia de San Pedro Garza García. Héctor, delgado y sentado en una silla de ruedas, acompañó a su hija hasta el altar.
Antes de entregarla, sujetó el brazo de Darío.
—Cuida de mi niña.
—Con mi vida —prometió él.
Héctor lo observó durante varios segundos.
No sonrió.
Después de la muerte de su padre, Valeria se dedicó a trabajar y apoyar la carrera de su esposo. Tomaba turnos nocturnos para cuidar a Camila, la hija que tuvieron 2 años después. Corregía discretamente los errores administrativos de Darío y jamás contó que varias de sus propuestas habían sido escritas por ella.
Mientras Darío ascendía, Valeria permanecía en terapia intensiva.
—La enfermería es una ocupación muy noble —decía Eugenia durante las comidas familiares—, aunque no es una verdadera carrera ejecutiva.
Valeria nunca respondía.
Servía el café y cambiaba de tema.
Con el tiempo apareció Renata.
Primero, Darío mencionaba su nombre durante el desayuno.
Después llegaron los mensajes a medianoche, los viajes “de trabajo” y las fotografías en las que ambos aparecían demasiado cerca.
Valeria no era ingenua.
Solo había pasado tantos años cuidando a todos que había olvidado cómo protegerse a sí misma.
—Escúcheme con atención —dijo Samuel por teléfono—. No confronte a su esposo. No firme solicitudes, convenios ni documentos del hospital. Mañana venga a mi oficina.
—¿Qué dejó mi padre?
—Mucho más que dinero.
—Necesito saberlo ahora.
—No por teléfono. Esta situación debe manejarse como una investigación, no como una venganza.
A la mañana siguiente, Samuel colocó una carpeta gruesa sobre su escritorio.
Era un hombre de 68 años con cabello blanco y una voz tranquila.
—Su padre no le dejó una cuenta bancaria —explicó—. Le dejó un fideicomiso.
—¿Qué contiene?
Samuel deslizó una hoja.
En la parte superior aparecía el nombre Grupo Médico Horizonte.
Valeria lo reconoció de inmediato.
Darío llevaba meses hablando de aquella empresa. El hospital necesitaba la autorización de Horizonte para cerrar un proyecto de expansión valuado en cientos de millones de pesos.
—¿Por qué ese nombre aparece en el testamento de mi padre?
—Porque Héctor Navarro fundó Grupo Médico Horizonte.
Valeria soltó una risa nerviosa.
—Mi padre era contador de una distribuidora farmacéutica.
—Eso era lo que deseaba que la mayoría creyera. Comenzó como contador, pero invirtió en pequeñas clínicas, compró terrenos y construyó una red de servicios médicos. Nunca colocó su apellido en los edificios.
Samuel abrió otra sección de la carpeta.
—Horizonte es propietario del 71 % del Hospital San Gabriel.
Valeria dejó de respirar por un instante.
—¿Está diciendo que mi padre era dueño del hospital?
—Estoy diciendo que usted es la sucesora del fideicomiso que lo controla.
—Darío me despidió de un hospital que me pertenece.
—La expulsó del terreno sobre el que usted tiene la mayoría legal.
Valeria se levantó y caminó hasta la ventana.
—¿Por qué mi padre nunca me lo dijo?
—Porque quería saber quién permanecería cerca de usted sin conocer su herencia. También sabía que Darío era ambicioso. Por eso dejó instrucciones para que la sucesión permaneciera protegida hasta que usted decidiera activarla.
Samuel sacó otra hoja.
—Además, su esposo ha presentado documentos con una supuesta autorización de Horizonte para el proyecto de expansión.
—Yo nunca autoricé nada.
—Lo sabemos. La firma es falsa.
Valeria se volvió.
—¿Darío falsificó mi firma?
—Todavía necesitamos demostrar quién lo hizo. Desde hoy, guarde mensajes, estados de cuenta y cualquier documento extraño. No le diga que conoce la verdad.
Durante las siguientes semanas, Valeria convirtió su propia vida en una investigación.
Descubrió una tarjeta de crédito abierta a su nombre con una deuda de 280,000 pesos. Había compras de joyas, habitaciones de hotel y viajes que ella nunca realizó.
—Está creando la imagen de una esposa irresponsable —explicó Samuel—. Una mujer endeudada es más fácil de desacreditar durante un divorcio.