PARTE 3: EL VERDADERO VALOR DE 1 PESO
Don Arturo había reservado un fondo modesto para su hija.
No era suficiente para recuperar la hacienda ni sostener el estilo de vida que llevaba, pero podía garantizarle vivienda y atención médica.
La condición era sencilla: Lucila debía renunciar a cualquier demanda contra Beatriz y colaborar en la investigación sobre varios movimientos financieros realizados por Patricio durante los últimos años.
Los documentos revelaron que Patricio había utilizado la firma de su madre para pedir préstamos, adelantar contratos con constructoras y vender anticipadamente terrenos que todavía no le pertenecían.
Lucila comprendió que su hijo también la había engañado.
—Me aseguró que todo estaba bajo control —dijo durante la reunión con los abogados.
—Eso mismo decía del abuelo —respondió Beatriz.
Patricio enfrentó cargos por fraude y falsificación. Aceptó devolver el dinero y colaborar para evitar una condena mayor.
Antes de entrar al juzgado, buscó a su prima.
—¿Te alegra verme así?
Beatriz negó con la cabeza.
—Me habría alegrado que visitaras al abuelo mientras vivía.
—Siempre te prefirió.
—No. Confió en mí porque yo permanecí cuando cuidar de él dejó de ser conveniente.
Lucila firmó el acuerdo y comenzó una vida mucho más sencilla. Durante meses no habló con Beatriz.
Una tarde regresó a la casa del cuidador.
Ya tenía techo nuevo, ventanas restauradas y paredes limpias.
—Vine a ver la grabación otra vez —dijo.
Beatriz la dejó entrar.
Lucila escuchó las palabras de su padre sin interrumpir. Al terminar, lloró frente a la pantalla.
—Pensé que me estaba castigando.
—Intentaba impedir que siguieras destruyéndote.
—Tú cuidaste de él cuando yo no quise hacerlo.
—Sí.
Beatriz no suavizó la verdad, pero tampoco cerró la puerta.
La reconciliación no ocurrió en un solo día. Comenzó con visitas breves, conversaciones incómodas y disculpas que llegaron demasiado tarde, aunque no inútiles.
Durante los 2 años siguientes, Beatriz restauró por completo la pequeña casa utilizando los planos originales. Conservó los muros de cantera, la chimenea y las hortensias que su abuelo plantó con ella.
También adquirió la hacienda al banco, pero no se mudó allí.
Transformó el edificio principal en la Biblioteca Histórica Arturo Valdés y el Jardín Botánico Elena Navarro, en honor a sus abuelos.
La entrada era gratuita para estudiantes, investigadores y habitantes de la región.
Las antiguas habitaciones se convirtieron en archivos, talleres y salas de lectura. Parte del fideicomiso financió becas para jóvenes interesados en conservación histórica.
Lucila comenzó a colaborar como voluntaria 2 veces por semana.
Un día encontró a Beatriz limpiando la vitrina principal.