—No quiero destruirlos.
—No necesita hacerlo. Ellos aceptaron la herencia sin revisar los pasivos. Se destruyeron solos.
Tomás obtuvo una suspensión federal contra cualquier demolición y notificó al instituto de patrimonio histórico.
A las 7:00 de la mañana siguiente, Beatriz esperaba en el porche junto al abogado.
La excavadora regresó acompañada por una patrulla municipal.
Lucila bajó de la camioneta usando lentes oscuros.
—Se terminó el juego —dijo Patricio—. Tenemos una orden firmada.
El policía avanzó.
—Señorita Navarro, debe abandonar el inmueble.
Tomás le entregó varios documentos.
—Oficial, existe una suspensión federal. Si permite que esa máquina avance, incurrirá en desacato y destrucción de patrimonio protegido.
El policía leyó las hojas y ordenó apagar los motores.
—No podemos continuar.
Patricio arrancó el documento de sus manos.
—¡Esto es falso! Ella no tiene dinero para contratar a este tipo de abogados.
—El dinero no será un problema —respondió Tomás.
Lucila se quitó los lentes.
—¿Quién es usted?
—El administrador del fideicomiso que su padre creó antes de morir.
El abogado sacó otra carpeta.
—También represento al grupo financiero que iniciará hoy el embargo de la Hacienda Santa Clara.
Patricio palideció.
—La hacienda está pagada.
—Tiene una deuda de 600,000,000 de pesos. Al aceptar la herencia, ustedes aceptaron también sus obligaciones.
—¿Dónde está el dinero? —preguntó Lucila.
Beatriz bajó del porche.
—El abuelo sabía que querían vender todo en cuanto muriera. Por eso dejó la verdadera riqueza a la persona que respetara la única propiedad que ustedes consideraban basura.
Patricio la miró fijamente.
—¿La fortuna está en esta casa?
—La fortuna pertenece a quien compró la casa.
—Por 1 peso —murmuró Lucila.
—Por 1 peso.
Patricio perdió el control.
—¡Véndemela! Te daré la mitad de la hacienda.
—La hacienda ya no es tuya.
—Somos familia.
Beatriz recordó los 5 años en que cuidó sola a su abuelo.
—La familia no aparece únicamente cuando necesita algo.
El policía ordenó retirar las máquinas. Poco después, funcionarios bancarios llegaron a la propiedad principal con las notificaciones de embargo.
Lucila y Patricio tuvieron que abandonar la hacienda antes de terminar la semana.
Sin embargo, la sorpresa más dolorosa aún estaba por llegar.
En el escritorio secreto, Beatriz encontró una última grabación de su abuelo.
Don Arturo aparecía sentado frente a la cámara, completamente lúcido.
—Si Lucila ve esto —decía—, quiero que sepa que nunca dejé de amarla. Pero amar a una hija no significa premiar su crueldad. El dinero que no se acompaña de responsabilidad termina convirtiéndose en una maldición.
La grabación no estaba dirigida solo a Beatriz.
También contenía una condición para salvar a Lucila de la ruina.