“Ayer vinieron a arreglarme la nevera y se me perdió la cartera”, me dijo con su tono serio de siempre. “Me quedé sin tarjetas y sin nada. Si usted no me hubiera devuelto el dinero del pantalón el miércoles, no habría tenido cómo pagar la compostura ni comprar mi insulina de la semana”.
Abrió el sobre y me entregó mi pago del día, más doscientos mil pesos extras. Yo no quería aceptarlos, pero él me frenó. “No es un premio, Marta. A partir de la próxima semana, si usted quiere, quiero que trabaje aquí de planta todos los días. Le voy a pagar un salario fijo mensual, con sus prestaciones, para que ya no ande buscando casas por días. Gente que limpia hay mucha, pero gente en la que yo pueda dejar mi casa con los ojos cerrados, no se encuentra”.
Pude pagar mi arriendo a plazos con ese dinero extra, pero lo más importante es que hoy tengo un trabajo seguro. La honestidad no siempre te hace millonario al instante, pero te abre puertas de trabajo y confianza que valen oro en los momentos de más oscuridad.