PARTE 2: EL PAPEL QUE ÉL CREYÓ ENTERRADO
El licenciado Robles pidió un receso de diez minutos.
La jueza se lo concedió, pero su mirada dejó claro que no estaba impresionada por el teatro de los trajes caros.
En cuanto salieron al pasillo del juzgado, Esteban se lanzó hacia Mariana.
—¿De dónde sacaste eso?
Mariana se mantuvo firme.
—De la caja donde guardé todo lo que tú esperabas que yo olvidara.
Valeria llegó detrás de él, con el rostro rígido.
—Esteban, me dijiste que ella nunca tuvo nada que ver con la empresa.
Él ni siquiera pudo mirarla.
Quince años antes, Murillo Transporte no era una empresa con oficinas de vidrio, flotilla de tráileres y contratos con cadenas nacionales.
Era una camioneta vieja, dos escritorios usados en una bodega de Apodaca y una deuda que crecía cada semana.
Esteban tenía carisma, hambre y talento para convencer a cualquiera.
Pero no tenía crédito, no tenía capital y no sabía distinguir un permiso federal de una factura vencida.
Mariana sí.
Su abuela le había dejado una pequeña casa en Saltillo y un fondo de inversión modesto.
Mariana vendió la casa, liquidó el fondo y usó ese dinero para registrar la empresa, pagar seguros, rentar las primeras unidades y cubrir nóminas cuando Esteban prometía más de lo que podía cumplir.
Durante dos años trabajó de día en administración hospitalaria y de noche llevaba la contabilidad de la empresa.
Redactaba contratos, revisaba permisos, negociaba con proveedores y apagaba incendios mientras Esteban salía a buscar clientes.
Al principio, él decía: “Esto es nuestro”.
Después nacieron Mateo y Santiago.
Uno tuvo problemas respiratorios durante meses.
El otro necesitó terapia por un retraso motriz leve.
Mariana dejó la operación diaria para cuidar a los niños.
Y poco a poco, Esteban empezó a contar otra historia.
Primero en reuniones.
Luego en entrevistas.
Finalmente, frente a sus propios hijos.
—Guardé recibos de aportación, correos, contratos, pagarés, declaraciones fiscales y minutas de asamblea —dijo Mariana al abogado—
Todo certificado.
Robles tragó saliva.
—¿Hay más documentos?
—Muchos más.
Esteban apretó la mandíbula.
—Eres una resentida.
Mariana lo miró sin levantar la voz.
—No. Soy la mujer a la que intentaste borrar.