Santiago, parado cerca de un oficial del juzgado, escuchó esa frase. Bajó la mirada.
Mateo le susurró algo, pero él no contestó.
Cuando regresaron a la sala, la atmósfera había cambiado.
Esteban ya no parecía un ganador. Parecía un hombre sentado sobre una silla que acababa de convertirse en arena.
La jueza pidió a Mariana explicar el origen de los documentos.
Mariana habló con calma.
Dijo que el capital inicial salió de su herencia, que las acciones nunca fueron transferidas legalmente y que el prenupcial protegía únicamente bienes a nombre de Esteban, no acciones emitidas a nombre de ella antes de la consolidación de la empresa.
Robles intentó atraparla.
—¿Recibió usted sueldo como empleada?
—No. Diferí mi pago para que la empresa sobreviviera.
—Entonces no era empleada.
—Era socia mayoritaria.
La jueza revisó otro papel.
—Aquí aparece un intento de cesión accionaria fechado hace seis años.
No está firmado por la señora Salgado.
Mariana respiró hondo.
—Esteban me lo dio tres días después del funeral de mi madre.
Me dijo que era un trámite sin importancia.
La jueza frunció el ceño.
—Este documento habría transferido el setenta y seis por ciento de sus acciones al señor Murillo por diez pesos.
Valeria soltó un sonido ahogado.
Esteban bajó la vista.
Entonces Mariana entregó otra carpeta.
—También presento mis ingresos de los últimos dieciocho meses como consultora independiente para empresas de logística.
Robles la abrió. Su expresión se endureció.
Mariana no solo podía sostener a sus hijos.
Ganaba más de lo que Esteban había dicho bajo protesta.
Esteban murmuró:
—Me dijiste que ayudabas a conocidos.
—Dejaste de preguntar por mi vida hace mucho.
La jueza ordenó una auditoría completa de Murillo Transporte, prohibió a ambos padres hablar del juicio con los niños y dejó a Mateo y Santiago con Mariana durante la semana.
Parecía una victoria.
Pero esa noche, al llegar a su casa rentada, Mariana encontró un sobre blanco pegado a la puerta.
Dentro había una copia vieja de una asamblea empresarial que decía que ella había cedido sus derechos de voto nueve años atrás.
Al pie del documento aparecía su firma.
Pero Mariana supo de inmediato que era falsa.
La segunda hoja solo tenía una línea escrita:
“Pregunta qué firmaron mientras estabas en el hospital después del parto.”
Mariana sintió que la sangre se le iba de las manos.
Porque nueve años atrás, después del parto de los gemelos, ella había estado inconsciente durante casi treinta horas.
Y Esteban siempre le juró que en esos días no había pasado nada importante.