Esteban cerró los ojos.
—No es relevante.
—Sí lo es —dijo la jueza.
El silencio se volvió pesado.
Finalmente, Esteban habló sin levantar la mirada.
—Tu madre fue a verme.
Mariana sintió un golpe seco en el pecho.
—¿Para qué?
—Ella sabía que tú no ibas a firmar la cesión de votos.
Me dijo que no confiaba en mí.
Mariana tragó saliva.
—¿Y?
Esteban respiró con dificultad.
—Me entregó una carpeta.
Dijo que, si algún día intentaba dejarte sin nada, esa carpeta debía aparecer.
La sala se llenó de murmullos.
—¿Dónde está?
—preguntó Mariana.
Esteban no contestó.
La jueza golpeó suavemente con la pluma sobre el escritorio.
—Señor Murillo, responda.
Él se hundió en la silla.
—La guardé.
—¿Dónde?
—insistió Mariana.
—En la caja fuerte de mi oficina.
Robles giró hacia él, alarmado. Esa confesión no estaba ensayada.
Mariana comprendió al instante.
Su madre había visto antes que ella la ambición de Esteban. Había intentado protegerla incluso cuando su cuerpo ya se estaba apagando.
La jueza ordenó asegurar esa carpeta como parte de la auditoría.
Dos días después, el contenido llegó al juzgado.
Adentro estaban los comprobantes originales de la herencia de Mariana, cartas de Rosario, copias de los primeros contratos, estados de cuenta y una declaración notariada firmada por la madre antes de morir.
En esa declaración, Rosario escribió que Esteban la había presionado para convencer a Mariana de ceder sus acciones.
También dejó constancia de que temía que él intentara modificar documentos mientras Mariana estuviera vulnerable por el parto.
La última línea hizo llorar a Mariana por primera vez en todo el proceso:
“Mi hija no es la sombra de nadie.