—Esta empresa ya no será la propiedad privada de una familia —anunció—. Si lleva nuestro apellido, tendrá que representar algo más que ambición.
Más de 3.500 empleos fueron salvados.
También compró Los Laureles cuando la hacienda salió a subasta.
No lo hizo para vivir como un millonario.
Transformó una parte en un centro de atención para personas con demencia y sus familias. Otra sección se convirtió en escuela gratuita de música para niños de comunidades rurales.
La llamó Casa Esteban.
Verónica apareció el día de la inauguración.
Vestía ropa sencilla y llevaba una caja entre las manos.
—Encontré esto en la bodega del departamento —dijo.
Dentro estaban las cartas que Mateo había enviado durante la enfermedad de su padre. Todas habían sido devueltas o escondidas antes de que llegaran a Arturo y a ella.
—Él nos decía que papá no quería vernos —confesó Verónica—. Era más fácil creerlo que aceptar que no queríamos estar ahí.
Mateo la miró en silencio.
—No espero que me perdones.
—No puedo hacerlo hoy.
Ella asintió.
—Lo entiendo.
—Pero puedes comenzar trabajando aquí.
Verónica levantó la mirada.
—¿En la hacienda?
—En el centro. Necesitamos personas que acompañen a las familias. Tú sabes lo que significa llegar demasiado tarde.
Verónica comenzó a llorar.
No recuperó su antigua vida. Encontró una diferente.
Al principio limpiaba habitaciones, servía comida y leía a los pacientes. Con el tiempo estudió cuidados geriátricos y se convirtió en coordinadora de apoyo familiar.
Un año después, el piano de 1892 regresó al salón principal de Los Laureles.
Había sido restaurado cuidadosamente. La madera de nogal brillaba, los pedales recuperaron su color y cada tecla producía una nota perfecta.
El compartimiento secreto permanecía vacío.
Mateo se sentó frente a él durante la ceremonia de aniversario de Casa Esteban.
A su alrededor estaban los trabajadores, los niños de la escuela, familias de pacientes y Verónica, sentada en la primera fila.
También estaba Adriana, la abogada que lo había ayudado a detener el fraude y que, con el paso de los meses, se había convertido en algo más que una aliada.
Mateo colocó las manos sobre las teclas.