PARTE 2
Lucía había llegado a la mansión Montes de Oca desde un pueblo de Oaxaca con 1 maleta, 2 mudas de ropa y una deuda de hospital por la enfermedad de su madre.
En la casa aprendió rápido que la servidumbre debía caminar sin ruido.
—Aquí se trabaja y se calla —le dijo doña Petra, la cocinera, el primer día—. Los ricos hablan como si las paredes no tuvieran oídos, pero tú no repitas nada si quieres conservar el empleo.
Doña Petra era la única que la trataba como hija. Le guardaba pan dulce, le enseñaba a preparar mole y le decía:
—Mija, en esta casa hay más víboras que en el monte.
Don Rodrigo era distinto.
Duro, sí.
Seco, también.
Pero un día le preguntó su nombre.
—Lucía Méndez, señor.
—Lucía —repitió él—. Luz. Buen nombre para esta casa tan oscura.
Desde entonces, el viejo empezó a pedirle que le sirviera el té por las noches. No porque ella lo preparara mejor, sino porque decía que era la única persona que no quería venderle algo.
Le hablaba de su esposa muerta, de su hijo Alejandro y de sus errores como padre.
—Le di todo menos tiempo —confesó una noche—. Y ahora cualquiera puede acercarse a él fingiendo amor.
Lucía escuchaba en silencio.
También escuchó a Daniela reírse por teléfono.
—Paciencia, mi amor. Cuando el viejo caiga, Alejandro será fácil de manejar.
Y vio a Víctor salir del despacho de madrugada con carpetas que no le pertenecían.
Pero una empleada no podía acusar a los poderosos.
Eso creía.
Hasta que vio a Alejandro esposado.
El primer día del juicio, Lucía quiso hablar. Pero al llegar a la puerta del tribunal, 2 hombres vestidos de negro se le acercaron.
—La señorita Daniela dice que vuelvas a la casa —dijo uno—. Y que recuerdes que tu madre sigue en Oaxaca, muy lejos de ti.
Lucía entendió el mensaje.
Calló.
Pero esa noche, en su cuarto pequeño junto al área de servicio, encontró una nota sobre la cama:
“Las muchachas que hablan de más desaparecen.”
Corrió a buscar a doña Petra.
La cocinera leyó la nota y se persignó.
—Ya saben que tienes algo.
—Tengo miedo.
—Claro que tienes miedo, mija. Solo los tontos no tienen miedo.
Lucía sacó la grabadora y el sobre.
—Si me pasa algo, llévelo usted al juez.
Doña Petra la miró con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Estás segura?
—Don Rodrigo confió en mí. Y Alejandro es inocente.
Doña Petra tomó el paquete y lo escondió dentro de un costal de arroz en su casa de Iztapalapa.
—Pues entonces que Dios nos agarre confesadas —dijo—, porque vamos contra demonios con apellido.
Al día siguiente, Víctor intentó comprarla.
La encontró trapeando el salón principal, se acercó con una sonrisa falsa y puso sobre la mesa un sobre lleno de billetes.
—Esto es más de lo que ganarás en 10 años. Vete a tu pueblo. Cura a tu madre. Olvida lo que crees que escuchaste.
Lucía miró el dinero.