PARTE 3
El día del veredicto, la sala estaba llena.
Alejandro entró más delgado, con barba descuidada y ojeras profundas. Caminó como un hombre que ya no espera salvación, pero se niega a regalarles su dignidad.
Daniela estaba en primera fila, vestida de negro, hermosa y falsa.
Víctor revisaba unos papeles con calma.
El juez Alcántara tomó asiento.
—Antes de emitir sentencia, ¿la defensa tiene algo más que presentar?
El abogado de Alejandro se levantó, vencido.
—No, su señoría.
Un murmullo recorrió la sala.
Daniela bajó el rostro para esconder una sonrisa.
El juez levantó el documento.
—Este tribunal, después de revisar las pruebas, declara al acusado Alejandro Montes de Oca—
—¡Espere!
La voz salió desde el fondo como un relámpago.
Todos voltearon.
Lucía entró empujando la puerta, seguida por doña Petra y 3 periodistas. Traía el cabello suelto, el uniforme arrugado y el bolso viejo apretado contra el pecho.
2 guardias intentaron detenerla.
—No puede entrar.
—Tengo pruebas —gritó ella—. Alejandro Montes de Oca es inocente.
La sala quedó congelada.
El mazo del juez quedó suspendido en el aire.
Alejandro levantó la cabeza.
Al verla, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Lucía…
Daniela se puso de pie.
—¡Es una sirvienta resentida! ¡Sáquenla!
Víctor golpeó la mesa.
—Esto es inadmisible, su señoría.
El juez miró a Lucía.
Había miedo en ella, sí.
Pero también una firmeza que no se compra ni se finge.
—¿Quién es usted?
—Lucía Méndez. Trabajo en la casa Montes de Oca desde hace 4 años. Yo servía el té de don Rodrigo. Y estuve ahí la noche que lo mataron.
La sala explotó en murmullos.
—Orden —gritó el juez—. Señorita Méndez, acusar en esta sala es grave. ¿Tiene algo más que su palabra?
Lucía levantó la grabadora.
—Tengo sus voces. Don Rodrigo los grabó. Y tengo documentos que prueban que el licenciado Víctor Almada robaba dinero de las empresas. También tengo una carta escrita por don Rodrigo antes de morir.
Daniela palideció.
—Eso es imposible —susurró—. El viejo no grabó nada.
El silencio fue inmediato.
Víctor cerró los ojos.
Daniela acababa de delatarse.
El juez la miró fijamente.
—¿Cómo sabe usted eso, señorita Sauri?
Daniela abrió la boca, pero no salió nada.
—Entregue las pruebas —ordenó el juez.
Lucía caminó hacia el estrado. Cada paso parecía más largo que toda su vida.
El juez presionó play.
Primero se escuchó un ruido de fondo.
Después la voz de Víctor llenó la sala.
—Yo pondré el veneno en el té. La taza tendrá las huellas del muchacho.
Varias personas gritaron.
Luego sonó la voz de Daniela.
—Y yo lloraré lo suficiente para que todos me crean. Cuando Alejandro esté preso, el control será nuestro.
La sala se volvió un caos.
Alejandro se cubrió la cara con las manos esposadas y lloró.
No de miedo.
De alivio.
El juez ordenó detener la reproducción y pidió revisar los documentos. Las cámaras captaron el momento exacto en que Víctor intentó salir de la sala.
No llegó a la puerta.
Los guardias lo sujetaron.
Daniela empezó a gritar que todo era falso, que Lucía era una ladrona, que alguien la había pagado. Pero ya nadie la escuchaba como antes.
Doña Petra, desde el fondo, murmuró:
—Ahora sí, víbora, se te acabó el veneno.
Horas después, el tribunal suspendió la sentencia contra Alejandro y ordenó la detención inmediata de Daniela Sauri y Víctor Almada por homicidio, fraude, falsificación de documentos y manipulación de pruebas.