Parte 2
Mauricio tocó dos veces el marco de la puerta abierta, no como dueño, sino como un desconocido que temía no tener derecho a entrar en su propio recuerdo.
Clara bajó las escaleras de inmediato y se detuvo al verlo: traje oscuro, reloj caro, zapatos limpios, cara de hombre acostumbrado a que las puertas se abrieran antes de tocar.
Sofía se asomó desde arriba, abrazando una muñeca sin un brazo.
—No queremos problemas —dijo Clara, con la voz ronca—. La casa está pagada. Tengo papeles.
Mauricio levantó las manos despacio.
—No vine a quitársela.
Clara no le creyó. En los últimos años, cada persona que decía “no vengo a quitarle nada” terminaba llevándose algo: el seguro de su esposo, su empleo fijo, su departamento, su tranquilidad.
—Entonces, ¿qué quiere?
Mauricio miró las marcas de lápiz en el marco de la puerta. Ahí estaba su estatura a los 5, 7, 11, 16 años. La letra de su madre seguía junto a cada raya, pequeña y firme.
—Yo crecí aquí —dijo.
Clara bajó un escalón más, sin soltar el barandal.
—Pues yo acabo de comprarla. Y si hay un error, dígamelo de una vez, porque mi hija ya eligió cuarto.
La frase lo atravesó. Mauricio miró hacia arriba. En su antiguo cuarto, las estrellas fluorescentes seguían pegadas al techo, amarillas por el tiempo, pero vivas. Su madre las había colocado una noche después de su turno, porque él tenía miedo de dormir solo.
—No hay error —respondió—. Mi madre dejó esta casa, y yo la dejé morir sola.
Clara no entendió si hablaba de la casa o de la mujer. Tal vez de ambas.
Mauricio entró solo hasta el recibidor. No avanzó más. Vio el colchón en medio de la sala, la bolsa negra, los tenis pequeños junto a la escalera.
Vio también lo que no quería ver: su empresa, Salvatierra Desarrollos, había comprado hacía un mes el edificio de la calle Nezahualcóyotl para convertirlo en departamentos de lujo. No conocía los nombres de los inquilinos desplazados. Nunca los conocía. En los informes solo aparecían como “ocupación previa”. Pero de pronto esa ocupación previa tenía rostro, una niña asmática y un colchón cargado 9 cuadras.
—¿De dónde venían? —preguntó.
Clara apretó los labios.
—De un edificio que compró una empresa. Nos sacaron con una hoja y una sonrisa falsa.
Mauricio sintió que algo se hundía dentro de él.
—¿Cómo se llamaba la empresa?
Clara lo miró con rabia.
—Salvatierra Desarrollos.
El silencio fue más duro que un golpe. Sofía bajó unos escalones y preguntó con la inocencia cruel de los niños que todavía creen que las respuestas arreglan algo:
—¿Usted es el señor que nos quitó la casa?
Mauricio no pudo mentir.
—Sí —susurró—. Aunque no sabía sus nombres.
Clara soltó una risa seca.
—Ah, qué alivio. Nos dejó en la calle sin saber nuestros nombres.
Mauricio bajó la mirada. Por primera vez en años, no tuvo una frase de negocio para protegerse.
Entonces recordó la caja.
—Mi madre dejó algo debajo del tercer escalón. Una carta. Es lo único que quiero recuperar.
Clara pensó en negarse. Pero Sofía miró el escalón con curiosidad y dijo:
—El que cruje.
Entre los 3 levantaron la madera floja. Debajo, cubierta de polvo, apareció una cajita de lata azul.
Mauricio la tomó con manos temblorosas. Tardó mucho en abrirla. Adentro había una fotografía de Rosario sentada en el porche, una llave vieja y una carta amarillenta.
La leyó en silencio, pero a la mitad se quebró. Clara no quiso mirar, pero escuchó cuando él leyó en voz baja una frase:
“Hijo, una casa no vale por sus paredes. Vale por la persona que decide quedarse cuando sería más fácil irse.”
Mauricio cerró los ojos. Su madre le hablaba 18 años después, justo frente a una mujer que había hecho exactamente eso: quedarse cuando ya no le quedaba nada.
Afuera, una camioneta blanca se detuvo de golpe. Bajaron 2 hombres con carpetas y chalecos de la constructora.
Uno gritó desde la banqueta:
—¡Señor Salvatierra! Venimos por la señora. Legal dice que esta propiedad todavía puede impugnarse.
Clara palideció. Sofía corrió hacia ella.
Mauricio salió al porche con la carta en la mano.
—Nadie toca esta casa.
El abogado parpadeó.
—Pero señor, si recuperamos el inmueble, podríamos integrarlo al proyecto Magnolia. Vale millones.
Mauricio miró la fachada azul despintada, el colchón en la sala y a la niña abrazada a su madre.
Luego rompió frente a ellos la carpeta de impugnación.
—Esta casa no está en venta. Y desde hoy, tampoco lo está mi conciencia.
Parte 3