PARTE 2
El primer video había sido publicado quince meses antes.
Adrian estaba en una cocina, preparando filetes mientras Vanessa lo abrazaba por la espalda. Él se volvió para besarla en la frente y los dos comenzaron a reír.
Reconocí la camisa que llevaba.
Yo se la había regalado por nuestro aniversario.
Aquel día, Adrian me había dicho que cenaría con unos inversionistas en Boston.
Seguí deslizando.
Un viaje para esquiar en Colorado.
Una excursión de buceo.
Una visita a una galería de arte.
Una cena omakase en Nueva York.
Durante cada una de aquellas fechas, Adrian me había enviado mensajes hablando de aeropuertos, reuniones interminables y habitaciones de hotel vacías.
Yo le respondía deseándole suerte.
Le recordaba que comiera.
Le decía que lo extrañaba.
Vanessa, mientras tanto, grababa la vida que él aseguraba no tener tiempo para compartir conmigo.
Cada video era una pieza de una historia paralela.
En uno, Adrian le colocaba un casco antes de bajar por una pista de esquí.
En otro, la cubría con una manta mientras dormía en un avión.
En otro, Vanessa sostenía una copa de vino mientras él le decía desde detrás de la cámara:
—No mires el precio. Pide lo que quieras.
Recordé todas las veces que, al sugerir un viaje, Adrian había respondido que debíamos ahorrar para la boda.
Pero el video que terminó de romperme había sido grabado seis meses antes.
Vanessa aparecía recostada en una bañera de hotel. La cámara se movía lentamente por la habitación y, durante apenas un segundo, mostraba una mesa de noche.
Sobre ella estaban el reloj y los anteojos de Adrian.
El texto decía:
“Le dije que lo extrañaba. Tres horas después, estaba frente a mi puerta”.
Yo recordaba perfectamente aquella fecha.
Esa noche tuve casi cuarenta grados de fiebre.
Había llamado a Adrian llorando, demasiado débil para levantarme de la cama.
—No puedo regresar todavía —me dijo—. El proyecto está al borde del desastre. Pide algo de comer y toma un medicamento.
—Me siento muy mal.
—Elena, por favor. No puedo ocuparme de todo al mismo tiempo.
Su voz había sonado cansada, pero amable.
Yo me disculpé por molestarlo.
Él prometió volver en cuanto resolviera la crisis.
Tres días después regresó con flores, sopa casera y una expresión de preocupación perfecta. Durante semanas me cuidó, me acompañó al médico y me preguntó varias veces al día cómo me sentía.
Pensé que lo hacía porque me amaba.
Ahora entendía que era culpa.
O quizá una forma de silenciar su conciencia antes de volver a la cama de Vanessa.
Las lágrimas comenzaron a caer sobre la pantalla.
Sentí dolor, pero también una extraña claridad.
Durante años había buscado explicaciones para la distancia de Adrian.
Era un hombre reservado.
Estaba bajo mucha presión.
Su familia nunca había sido afectuosa.
Su trabajo exigía demasiado.
Me había convertido en una experta justificando la falta de amor.
Pero la verdad era simple.
Adrian sabía ser atento.
Sabía ser romántico.
Sabía escuchar, viajar, cocinar, dibujar y recordar detalles.
Solo había decidido no hacerlo conmigo.
Abrí nuestra conversación y escribí:
“Adrian, terminamos”.
Después añadí:
“Quédate con el regalo. Seguramente sabes quién lo apreciará más”
El mensaje fue leído casi inmediatamente.
El teléfono comenzó a sonar.
No respondí.
Llamó otra vez.
Y otra.
Finalmente llegó un mensaje.
“¿Qué estás diciendo? ¿Te pasó algo?”
No contesté.
Entonces escribió:
“Estoy por entrar a otra reunión. No hagas dramas hoy. Hablamos cuando vuelva”.