Le tomé una captura de pantalla al video de las tazas y se la envié.
Durante casi un minuto no apareció ninguna respuesta.
Después llegó una sola frase.
“¿Dónde estás?”
No “perdóname”.
No “puedo explicarlo”.
Solo quería saber cuánto había visto.
Silencié el teléfono.
Esa noche no pude dormir. Permanecí sentada frente a la ventana del hotel, observando las luces de la ciudad y pensando en la boda que habíamos planeado.
El lugar estaba reservado.
Los invitados habían recibido la invitación.
Mi vestido esperaba en el armario de mi madre.
Habíamos elegido la música, el menú y hasta el nombre que algún día queríamos darle a nuestra hija.
O, mejor dicho, yo lo había elegido todo mientras Adrian asentía.
A las dos de la mañana, alguien golpeó la puerta.
Supe quién era antes de mirar.
Adrian estaba en el pasillo, todavía con la ropa que llevaba en el acantilado.
—Ábreme —pidió—. Tenemos que hablar.
No abrí.
—Elena, sé que estás ahí.
—Vete.
—No fue como parece.
Solté una risa amarga.
—¿Qué parte no fue como parece? ¿El retrato? ¿Las tazas? ¿Los viajes? ¿La habitación de hotel?
Guardó silencio.
—Vanessa estaba pasando por un momento difícil —dijo finalmente—. Yo solo intentaba apoyarla.
—Durante quince meses.
—Las cosas se confundieron.
—¿También se confundieron cuando me dejaste sola con fiebre para viajar hasta su hotel?
Escuché su respiración al otro lado.
—Nunca quise hacerte daño.
Aquella frase terminó de apagar algo dentro de mí.
—No querer hacer daño no significa nada cuando eliges hacerlo una y otra vez.
—Te amo.
—No.
Me acerqué a la puerta, aunque seguí sin abrirla.
—Amas la estabilidad que te doy. Amas regresar a una casa ordenada. Amas saber que alguien te espera, que alguien te perdona y que alguien siempre encuentra una excusa para ti. Pero eso no es amarme.
—Podemos arreglarlo.
—¿Qué quieres arreglar? ¿La mentira de Chicago o la del mes pasado? ¿Quieres borrar sus videos? ¿Romper las tazas? ¿Devolver el collar?
—El collar era para ti.
—Entonces eres todavía peor de lo que pensaba. Sabías que ella lo quería y compraste el mismo para mí.
Adrian golpeó suavemente la puerta con la palma.
—Solo abre.
—No.
—Elena, tenemos una boda en tres meses.
—Ya no.
Al otro lado del pasillo se hizo un silencio largo.
—Vas a arrepentirte de tomar una decisión impulsiva.
—La decisión impulsiva fue volar hasta aquí para sorprender a mi mejor amiga. Dejarte es la primera decisión sensata que tomo en años.
Escuché pasos cerca de él.
Después la voz de Vanessa.
—Adrian…
Me quedé inmóvil.
Ella también estaba allí.
—¿La trajiste contigo? —pregunté.
—Vino porque está preocupada.
Abrí la puerta.