No porque quisiera hablar.
Sino porque necesitaba verlos juntos una última vez.
Adrian tenía el rostro pálido. Vanessa estaba unos pasos detrás de él, abrazándose los brazos. Ya no parecía la mujer radiante del acantilado.
—Elena —comenzó ella—, quería decírtelo.
—¿Cuándo? ¿Antes o después de publicar las tazas?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Sé que hice algo terrible.
—Lo sabías desde el primer día.
—Me enamoré.
—Tú eras mi mejor amiga.
—No lo planeé.
—Pero lo escondiste. Mentiste. Me escuchaste hablar de mi boda mientras te acostabas con mi prometido.
Vanessa comenzó a llorar.
Por primera vez, sus lágrimas no me provocaron ninguna compasión.
Adrian dio un paso hacia mí.
—No descargues todo sobre ella. Yo también soy responsable.
—No te preocupes. Hay suficiente desprecio para los dos.
Me quité el anillo de compromiso.
Durante años había admirado aquella piedra, imaginando que representaba una promesa.
Ahora solo parecía un objeto brillante comprado por un hombre que sabía mentir sin pestañear.
Tomé la mano de Adrian y dejé el anillo en su palma.
—No vuelvas a buscarme.
Él cerró los dedos alrededor del anillo.
—Estás destruyendo seis años por un error.
—No fue un error. Fue una rutina.
Cerré la puerta.
A la mañana siguiente, cambié mi vuelo y regresé a casa.
No fui al apartamento que compartíamos. Me alojé con mi hermana y envié a una empresa de mudanzas por mis cosas.
Cancelé la boda.
La coordinadora intentó convencerme de esperar unos días antes de perder el depósito.
—Ya esperé seis años —respondí.
También hablé con mis padres, con los invitados y con las personas que necesitaban conocer la verdad.
No protegí la reputación de Adrian.
Pero tampoco convertí mi dolor en espectáculo.
Solo dije:
“La boda se cancela porque Adrian mantuvo una relación con Vanessa durante más de un año”.