Parte 2
A la mañana siguiente, Mariana bajó a desayunar como si no hubiera visto el infierno escondido bajo el suéter de su padre.
Raúl estaba en la cabecera de la mesa, sirviéndose café negro con la confianza de quien se cree dueño de todo.
Patricia untaba mermelada en un bolillo mientras revisaba su celular.
—¿Ya terminaste tu visita sentimental? —preguntó Raúl—. Porque hoy tenemos cosas importantes que hacer.
—¿Qué cosas? —dijo Mariana, sentándose frente a él.
Patricia sonrió.
—Trámites. Tu papá ya no puede vivir entre papeles.
Hay que simplificarle la vida.
Don Ernesto estaba al otro extremo, encorvado sobre una taza de atole.
No levantaba la mirada.
Mariana notó que sus manos temblaban más cuando Patricia hablaba.
—Antes de irme, quiero entender cómo organizaron todo —dijo Mariana—. Para quedarme tranquila.
Raúl soltó una carcajada.
—¿Ahora sí te interesa?
—Ahora sí estoy aquí.
Patricia fue a la sala y volvió con una carpeta negra.
La dejó sobre la mesa con una satisfacción venenosa.
—Aquí está todo. Poder notarial.
Diagnóstico médico. Testamento. Contrato de compraventa del terreno. No hay nada que puedas reclamar.
Mariana abrió la carpeta sin prisa.
El primer documento era un poder general para pleitos, cobranzas y actos de administración, supuestamente firmado por Don Ernesto 7 meses antes ante un notario de San Juan del Río.
La firma parecía la de su padre, pero demasiado limpia, demasiado firme para un hombre que ya temblaba desde hacía años.
El segundo era una carta médica declarando que Ernesto Torres tenía deterioro cognitivo severo y no podía tomar decisiones.
Mariana leyó el número de cédula profesional.
Algo no encajaba.
El tercer documento era el nuevo testamento: todo para Raúl. Nada para Mariana.
Nada para los nietos
Nada para la capilla de su barrio, a la que Don Ernesto siempre quiso donar una parte de sus ahorros en memoria de su esposa.
—¿Y el terreno de Valle de Bravo? —preguntó Mariana.
Raúl se inclinó hacia ella.
—Se vendió para pagar sus cuidados.
—¿A quién?