Patricia chasqueó la lengua.
—A una empresa. No tienes por qué saber más.
Mariana pasó otra página. Allí estaba el contrato.
La empresa compradora se llamaba Grupo Lomelí Integral.
Mariana no movió el rostro, pero reconoció el apellido.
Lomelí era el apellido de soltera de Patricia.
El aire de la cocina se volvió filoso.
—¿Papá recibió el dinero? —preguntó Mariana.
—Está en una cuenta administrada por Raúl —respondió Patricia.
—Claro —dijo Mariana—. Para sus cuidados.
Raúl golpeó la mesa con los dedos.
—Mira, Mariana. Te voy a hablar claro. Papá ya firmó. La casa será mía.
El dinero se está usando.
Y si vienes a hacer drama, puedo demostrar que estás alterándolo.
Tenemos papeles médicos.
Don Ernesto cerró los ojos.
Mariana siguió revisando.
Entonces encontró el error.
El sello del notario pertenecía a un hombre que había perdido la patente 1 año antes por irregularidades.
La carta médica venía firmada por un geriatra famoso de Querétaro, pero el número de cédula correspondía a una veterinaria de Puebla.
Y la fecha del poder notarial caía exactamente el mismo día en que Don Ernesto estuvo internado por neumonía, según un expediente hospitalario que Mariana había guardado.
Todo era falso.
Patricia se levantó y se acercó al anciano.
—Don Ernesto, dígale a su hija que usted firmó porque quiso.
Él abrió la boca, pero no salió palabra.
Raúl sonrió.
—¿Ves? Ni siquiera puede contestar.
Y aun así quieres hacerle caso.
Mariana cerró la carpeta despacio.
—Tienen razón en algo —dijo—. Papá no debería seguir bajo presión.
Patricia entrecerró los ojos.
—¿Qué significa eso?
Antes de que Mariana respondiera, su teléfono vibró bajo la mesa.
Solo miró la pantalla durante 1 segundo.
Orden concedida. Cateo autorizado.
Equipo en camino.
Raúl se puso de pie.
—¿A quién le estás escribiendo?
Mariana levantó la vista.
—A nadie que ustedes puedan detener.
En ese instante, el timbre sonó 3 veces, fuerte, seco, definitivo.
Y cuando Raúl abrió la puerta, su cara perdió todo color…
Parte 3