Cuando Ernesto vio a su hija, empezó a llorar.
—Pensé que no ibas a venir.
Mariana se arrodilló frente a él.
—Vine, papá. Y ya no te vas a quedar aquí.
Él miró hacia la puerta.
—Me dijeron que si hablaba, iban a decir que estaba loco.
—Los locos son ellos por creer que podían esconderte bajo un suéter para siempre.
Abajo, Patricia empezó a gritar.
—¡La casa está a nombre de Raúl! ¡No tienen derecho! ¡Todo lo firmó él!
El comandante Medina respondió con voz firme.
—Señora Patricia Lomelí, queda detenida por su probable participación en violencia familiar, lesiones, amenazas, falsificación de documentos y operaciones con recursos de procedencia ilícita.
—¡No me toque! —chilló ella—. ¡Yo solo lo cuidaba!
—Lo cuidabas tanto que vendiste su terreno a una empresa registrada a nombre de tu primo —dijo Mariana desde la escalera.
Patricia se quedó muda.
Raúl giró hacia su esposa.
—¿Tu primo?
Por primera vez en toda la mañana, el miedo cambió de dueño.
Patricia bajó la mirada. Ese pequeño gesto dijo más que cualquier confesión. Raúl entendió en segundos lo que Mariana ya había visto en los documentos: Patricia no solo había ayudado a robarle a Ernesto. También estaba desviando parte del dinero sin decirle a Raúl.
—¿Qué hiciste con el dinero? —murmuró él.
Ella apretó los labios.
—Cállate.
—¡Pregunto qué hiciste con el dinero!
El comandante hizo una seña. Un agente esposó a Raúl. Otro sujetó a Patricia antes de que pudiera correr hacia la cocina. Uno de sus aretes de oro cayó al piso y rodó hasta quedar junto al bastón de Don Ernesto.
—Mariana, diles que se detengan —suplicó Raúl, ya sin soberbia—. Somos hermanos.
Mariana lo miró bajar la cabeza mientras le cerraban las esposas.
—Éramos hermanos cuando papá vendía su coche para pagar tu universidad. Éramos hermanos cuando mamá murió y él se quedó despierto 3 noches contigo porque no podías respirar de tanto llorar. Éramos hermanos cuando todavía tenías corazón.
Raúl empezó a llorar.
—Me desesperé. No sabes lo difícil que es cuidarlo.
Don Ernesto, desde la escalera, levantó la voz con un hilo de fuerza.
—Nunca me cuidaste, hijo. Me encerraste.
El silencio cayó sobre la casa con un peso insoportable.
Los vecinos empezaban a asomarse desde la banqueta. La misma gente que había visto a Raúl comprando camioneta nueva, a Patricia estrenando joyas, a Don Ernesto desapareciendo poco a poco detrás de cortinas cerradas.
Mariana acompañó a su padre hasta la ambulancia. No iba grave, pero necesitaban hacerle estudios, certificar lesiones y protegerlo mientras se aseguraban de que nadie pudiera volver a acercarse a él.
Antes de subir, Don Ernesto miró la casa.
—Ahí viví con tu mamá 43 años —dijo.
—Vas a volver cuando sea segura —respondió Mariana.
—No sé si quiero volver.
Mariana le tomó la mano.
—Entonces iremos donde tú quieras.
Durante las semanas siguientes, la verdad salió completa. Las cuentas de Don Ernesto habían sido vaciadas en 9 meses. El dinero del terreno de Valle de Bravo había pasado por 3 empresas fantasma. Patricia había comprado joyas, ropa de diseñador y un departamento pequeño en Juriquilla a nombre de su hermana. Raúl había pagado deudas de apuestas y un crédito de la camioneta.