Parte 3
En la entrada de la casa había 2 camionetas blancas sin logotipos grandes, una patrulla estatal y una mujer del DIF con una carpeta azul marino contra el pecho. Junto a ella estaba el comandante Medina, de la Fiscalía, sosteniendo una orden firmada por un juez de control.
Raúl se quedó inmóvil, con la mano todavía en la puerta.
—¿Qué es esto? —preguntó, intentando sonar ofendido.
El comandante levantó la identificación.
—Fiscalía General del Estado. Traemos orden de cateo, medidas de protección urgente y autorización para retirar de este domicilio al señor Ernesto Torres.
Patricia apareció detrás de Raúl.
—¡No pueden hacer eso! Esta es una casa particular. Mi suegro tiene demencia. Mi cuñada lo está manipulando porque quiere dinero.
Mariana se levantó de la mesa. No gritó. No lloró. No tembló. Caminó hasta la entrada con la misma calma con la que había entrado tantas veces a una sala de audiencia.
—El señor Ernesto Torres está en situación de riesgo —dijo—. Anoche se documentaron lesiones compatibles con sujeción, golpes repetidos y maltrato físico. También hay indicios de explotación patrimonial, falsificación de documentos y amenazas.
Raúl volteó hacia ella como si acabara de verla por primera vez.
—¿Tú hiciste esto?
—No —respondió Mariana—. Tú lo hiciste. Yo solo dejé que la verdad abriera la puerta.
Patricia soltó una risa nerviosa.
—Qué teatro tan ridículo. Ernesto se cae. Se golpea solo. Está viejo. Cualquiera que cuide ancianos sabe eso.
La trabajadora del DIF subió por las escaleras con 2 paramédicos. Raúl intentó bloquear el paso.
—¡Nadie sube! Yo tengo poder notarial.
El comandante Medina no se movió.
—Ese poder forma parte de la investigación.
—¡Es legal!
Mariana abrió la carpeta negra sobre el mueble de la entrada.
—No lo es, Raúl. El sello del notario pertenece a una patente suspendida. La cédula del supuesto geriatra no corresponde al médico que firma. Y el día en que papá supuestamente otorgó ese poder, estaba hospitalizado en el General de Querétaro. Tengo el ingreso, el alta y el registro de enfermería.
Raúl apretó la mandíbula.
—Eres una maldita traidora.
—No —dijo Mariana—. Traidor fue el hijo que amarró a su padre a una cama porque no quiso entregarle la última cuenta que le quedaba.
Patricia palideció.
—Eso es mentira.
—Hay fotografías de 32 lesiones —continuó Mariana—. Hay grabación de su declaración. Hay marcas de cuerda en ambas muñecas. Y hay una cuerda de nylon gris en la cajuela de tu coche, Raúl. Anoche pedí que no la tocaran. Esta mañana el juez autorizó revisarla.
Raúl dio un paso hacia Mariana, pero el comandante lo detuvo con una mano en el pecho.
—Ni un paso más.
Desde arriba se escuchó la voz quebrada de Don Ernesto.
—Mariana…
Ella subió de inmediato.
Su padre estaba sentado en la orilla de la cama, con una cobija sobre los hombros. Los paramédicos le tomaban la presión. La trabajadora del DIF le hablaba despacio, como se le habla a alguien que estuvo demasiado tiempo encerrado en miedo.