SOY EMPLEADA DOMÉSTICA Y ENCONTRÉ UN ROLLO DE BILLETES EN EL PANTALÓN DEL SEÑOR DE LA CASA. NO TENÍA PARA PAGAR MI ARRIENDO, PERO SE LOS DEVOLVÍ. LO QUE PASÓ EL VIERNES ME DEJÓ SIN PALABRAS.
Tengo 38 años, soy madre soltera de dos niñas y trabajo limpiando casas por días. La semana pasada estaba con el agua hasta el cuello; el dueño del cuartito que alquilamos me dio un ultimátum de que si no le pagaba el mes atrasado el viernes, nos iba a sacar a la calle. Yo lloraba en las noches porque no me alcanzaban las cuentas.
El miércoles me tocó limpiar el apartamento de don Ernesto, un señor mayor, muy serio y callado, de esos jefes que casi no te hablan y solo te dejan las llaves. Mientras estaba separando la ropa para meterla a la lavadora, revisé los bolsillos de un pantalón viejo de trabajo que él usaba. Adentro había un fajo de billetes, doblados y amarrados con una liga. Eran casi seiscientos mil pesos. Exactamente lo que yo necesitaba para el arriendo y la comida de la semana.
La casa estaba sola. Nadie me estaba viendo. El diablo se me paró en el hombro y me dijo que me los quedara, que don Ernesto ni se iba a acordar porque era un hombre acomodado. Pensé en mis hijas. Pero me acordé de lo que me enseñó mi mamá: el hambre se quita, pero la vergüenza de ser ladrona no se lava con nada.
Cuando don Ernesto llegó por la tarde, le dejé el fajo de billetes en la mesa del comedor junto con sus llaves. “Don Ernesto, esto estaba en su pantalón para lavar”, le dije. Él miró el dinero, me miró a mí, asintió con la cabeza y dijo un seco “Gracias, marta. Hasta el viernes”. No me dio propina. No me dio un gran discurso. Me fui a mi casa sintiendo un nudo en el estómago, preguntándome qué le iba a decir al casero.
El viernes llegué a trabajar a su apartamento, con los ojos hinchados de llorar por la presión. Al mediodía, don Ernesto salió de su cuarto de estudio. Me llamó a la cocina y me entregó un sobre blanco.
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