Tengo un problema. Bah, según mi familia tengo varios, pero el que me trajo hasta este probador de novias un sábado a las nueve de la mañana es uno en particular: no sé mentir.
Ni para salvar mi propia vida. Si me preguntan si me gustó la cena, se me arruga toda la cara antes de que pueda abrir la boca.
Si me preguntan si el corte de pelo nuevo le queda bien a alguien, ya me agarra un tic en el ojo. Soy un libro abierto con la honestidad escrita en letras gigantes, y por eso, de todas las amigas que tiene Marisa, me eligió a mí para esta misión suicida.
—Vos sos la única que me va a decir la verdad —me dijo el viernes por teléfono, con esa voz de quien está a punto de pedirte un riñón—. Las demás me van a decir que estoy hermosa aunque me ponga una bolsa de papas.
—Mari, yo no sé mentir, pero tampoco sé decir las cosas con tacto. Es un combo peligroso.
—Por eso mismo. Necesito la verdad, cruda, sin anestesia.
Tendría que haber salido corriendo ahí mismo. Pero no, ahí estaba yo, sábado a la mañana, con el café todavía haciendo efecto, sentada en una sillita incomodísima de terciopelo rosa viejo, rodeada de espejos que me devolvían once ángulos distintos de mi cara de sueño.
El local era de esos lugares “exclusivos” donde te ofrecen champagne barato en copitas de plástico disfrazadas de cristal, y donde la vendedora —una mujer altísima, con un perfume que llegaba antes que ella— ya me había fichado como “la amiga complicada” desde que entré.
—¿Y la madrina de honor? —preguntó, mirándome de arriba abajo.
—Soy la mejor amiga. La madrina viene más tarde, cuando ya esté decidido el vestido.
—Ah. —Me miró como si yo fuera un actuario de seguros en una fiesta de gala.
Marisa entró al probador cantando una canción de Shakira, signo inequívoco de que estaba en su mejor momento de felicidad prenupcial, ese estado de gracia donde todo se ve color de rosa y los problemas de la vida real no existen. La escuché reírse del otro lado de la cortina, forcejear con algo, soltar un “ay, esperá, esperá” y finalmente un “¡listo, ya salgo!”.
Y salió.
Yo no sé describir bien lo que vi, pero voy a intentarlo. Imagínense un merengue. Ahora imagínense que ese merengue decidió ir a la guerra. Tenía tul en cantidades industriales, como si la diseñadora hubiera comprado de oferta y no quisiera que se note el sobrante.
El escote le cortaba el torso en un ángulo que desafiaba las leyes de la física y de la anatomía humana. Y la cola… la cola era tan larga que cuando se dio vuelta para mostrarse, se enganchó con su propio pie y casi terminó beso al espejo.
—¿Y bien? —preguntó, girando con los brazos extendidos como una bailarina de caja de música, ajena por completo al desastre textil que tenía puesto.
Las dos vendedoras, que habían aparecido de la nada como si las hubiera invocado con un conjuro, empezaron el coro de siempre:
—¡Hermosa!
—¡Una diosa!
—¡Vas a hacer llorar a todos en el altar!
(Spoiler: alguien iba a llorar, sí, pero no exactamente por las razones que ellas pensaban.)
Marisa me clavó los ojos a mí, esperando la sentencia final, la que realmente le importaba.
Y ahí estaba yo, con el corazón latiendo como bombo de murga, debatiéndome entre la mentira piadosa y veinte años de amistad que de repente sentí que pendían de un hilo.