Tenía nueve años cuando mi papá se fue.
Así. Sin explicaciones. Sin despedidas. Sin una carta.
Un día estaba sentada en la mesa tomando mate cocido y al otro ya no estaba.
Recuerdo que corrí hasta la puerta preguntando:
—¿Y papá?
Mi madrastra bajó la mirada.
—No va a volver por un tiempo.
Ese “por un tiempo” terminó convirtiéndose en años.
Y yo la odié.
Porque era más fácil odiarla a ella que aceptar que mi propio padre me había abandonado.
Se llamaba Laura.
Y durante mucho tiempo la traté horrible.
—No sos mi mamá.
—Nunca te pedí que me cuidaras.
—Seguro estás feliz porque él se fue.
Le decía cosas que hoy me dan vergüenza recordar.
Ella nunca respondía.
A veces suspiraba.
A veces se encerraba a llorar.
Pero al día siguiente igual me preparaba el desayuno.
Una mañana encontré en mi plato unos panqueques quemados.
—¿Qué es esto?
—Intenté hacerlos con forma de unicornio.
—Parecen medias viejas.
Ella soltó una carcajada.
—Bueno… unicornios con problemas estéticos.
Yo quería enojarme.
Pero me reí.
Y fue la primera vez que compartimos una risa.
Los años siguieron pasando.
Ella trabajaba limpiando casas.
Llegaba cansada.
Con las manos lastimadas.
Y aun así preguntaba:
—¿Cómo te fue en la escuela?
Yo respondía con gruñidos.
—Bien.
—¿Solo bien?
—Sí.
—¿Comiste?
—Sí.
—¿Seguro?
—Laura, parecés una inspectora.
—Perfecto. Entonces confesá dónde escondiste los platos sucios.
Y terminábamos riéndonos.
Poco a poco empecé a notar cosas.
Las zapatillas nuevas que aparecían cuando las mías se rompían.
Los útiles escolares.
La comida.
La luz.
El alquiler.
Todo salía de su esfuerzo.
Mi padre jamás envió un peso.
Jamás llamó.
Jamás preguntó por mí.
Pero yo seguía esperándolo.