PARTE 1
—Mi mamá y mi hermana vienen con nosotros a Cancún. Y como tú ganas más, tú vas a pagar lo que falte.
Diego lo dijo 2 días después de la boda, sentado en la sala de nuestro departamento en la colonia Del Valle, entre cajas de regalos, moños dorados y flores que todavía olían a iglesia.
Yo estaba frente al espejo, quitándome los últimos pasadores del peinado de novia. La mano se me quedó suspendida en el aire.
—¿Vienen… a nuestra luna de miel?
Diego ni siquiera levantó la vista del celular.
—No empieces, Valeria. Mi mamá nunca ha viajado en avión. Y Karla se acaba de graduar de la universidad. Les va a hacer bien conocer el Caribe.
Luego puso sobre la mesa 4 boletos de avión Ciudad de México-Cancún y la reservación de un departamento con 2 recámaras, cocina equipada y vista parcial al mar.
Todo estaba cargado a la tarjeta adicional que yo le había dado para pagar pendientes de la boda: salón, flores, músicos, fotógrafo.
—Esa tarjeta era solo para gastos del evento —dije, intentando mantener la voz tranquila.
Diego soltó una risa seca.
—Ya estamos casados. Eso de “mi dinero” y “tu dinero” ya se acabó. Además, el departamento tiene cocina. Mi mamá no puede comer cualquier cosa, ya sabes que le cae mal el picante.
Me quedé mirándolo, como si de pronto tuviera enfrente a un desconocido usando el traje de mi esposo.
Durante 3 años pensé que Diego era atento, familiar, protector. Había confundido su dependencia con nobleza.
Mis papás murieron cuando yo tenía 22 años, en un accidente en la carretera México-Puebla. Diego sabía que yo no tenía hermanos ni tíos cercanos. Lo que nunca le dije fue que mis padres me dejaron 2 locales comerciales en renta, inversiones bien administradas y participación mayoritaria en una empresa regional de transporte.
Yo vivía sin presumir porque quería que me amaran por lo que era, no por lo que tenía.
Pero para doña Carmen, mi suegra, yo era una mujer sola que debía sentirse agradecida.
—Pobrecita Valeria, sin familia —decía frente a sus vecinas—. Nosotros la recibimos como hija.
Claro, una hija que pagaba medicinas, despensa, reparaciones de la casa y regalos de cumpleaños.
Diego llamó a su mamá y puso el altavoz.
—Má, Valeria ya aceptó.
—Qué bueno, mijo —cantó doña Carmen—. Dile que reserve una camioneta cómoda en el aeropuerto. Yo necesito ir adelante por mi espalda. Y que lleve una arrocera pequeña, porque yo no voy a andar comiendo en fondas de turistas.
Desde el fondo se escuchó la voz de Karla.
—¡Y yo quiero paseo en catamarán, fotos en cenotes y entradas al parque acuático! Que mi cuñada no se ponga tacaña en su propia luna de miel.
Diego se rio.
—Ella se encarga. Le va bien.
Entonces doña Carmen bajó la voz, sin imaginar que yo seguía escuchando.
—Ponle límites desde ahorita, Diego. Esa muchacha no tiene padres ni casa familiar a dónde correr. Tarde o temprano va a depender de nosotros. Si la consientes, luego va a querer mandarte.
Esperé que Diego la corrigiera. Que dijera que yo era su esposa, no una cartera con vestido blanco.
Pero él solo soltó una risa satisfecha.
—No te preocupes, má. Yo sé cómo manejarla.
Algo dentro de mí dejó de doler. Se volvió hielo.
Diego colgó y entró al cuarto.
—Karla te va a mandar su lista. Cómprale lo que necesite y no arruines el ambiente con tus dramas de dinero.
Yo sonreí despacio.
—Está bien. Organicen todo como quieran.
Él me besó la frente, convencido de que había ganado.
No entendió que mi sonrisa no era obediencia.
Era despedida.
Esa noche, mientras él dormía, abrí la puerta del estudio, llamé a mi asistente financiera y dije en voz baja:
—Necesito cancelar una tarjeta, comprar otro boleto y hablar con mi abogado antes de que amanezca.
Nadie podía creer lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2