En un pequeño pueblo escondido entre montañas de tierra roja y caminos de polvo, vivía una niña llamada Lucía. Su casa era humilde, hecha de barro y madera vieja, pero siempre olía a pan recién hecho y café caliente. Aunque el tiempo parecía pasar lentamente en aquel rincón del mundo, las preocupaciones crecían más rápido que las flores del patio.
Lucía tenía apenas nueve años. Sus ojos verdes guardaban una tristeza que no correspondía a su edad. Desde muy pequeña había aprendido que la vida podía cambiar en un instante. Un accidente en el campo le había quitado parte de su brazo izquierdo, y desde entonces muchas personas comenzaron a mirarla diferente. Algunos niños dejaron de invitarla a jugar. Otros la observaban con curiosidad o lástima. Ella sonreía poco, pero observaba mucho.
Cada mañana ayudaba a su madre a barrer la casa, alimentar las gallinas y traer agua desde el pozo. Después se sentaba junto a la ventana mirando a la gente pasar. Veía rostros cansados, hombres preocupados, mujeres cargando bolsas y niños corriendo sin notar la tristeza de los adultos. Poco a poco comenzó a darse cuenta de algo: casi nadie se saludaba ya.
Antes, según contaba su abuela, las personas del pueblo se detenían a conversar, preguntaban cómo estaba el otro y compartían lo poco que tenían. Pero con los años llegaron las dificultades, las deudas, el trabajo duro y las penas silenciosas. La gente empezó a caminar mirando al suelo.
Una tarde, mientras ayudaba a preparar un pequeño pastel para el cumpleaños de su hermano menor, Lucía escuchó a su madre decir:
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