Tengo 60 años y una paciencia que, según mis hijos, “parece infinita”. Parece. Porque infinita no es.
Durante treinta años hice Navidad. Cuando digo hice, digo TODO.
Comprar. Limpiar. Decorar. Envolver regalos. Cocinar para quince personas. Preparar entrada, plato principal, postre, bebidas, hielo, servilletas lindas porque “mamá siempre deja todo hermoso”.
Y ellos llegaban.
—¿Necesitás ayuda? —preguntaban mientras ya estaban sentados.
Pero era una pregunta decorativa. Porque antes de que yo contestara ya tenían una gaseosa en la mano.
Mi hija: —Mamá, ¿a qué hora comemos?
Mi hijo: —¿No hiciste esa ensalada que me gusta?
Mi marido: —¿Dónde están mis vasos de fiesta?
Mis sobrinos: —¿Hay postre?
Y yo, con el delantal puesto, el pelo pegado en la frente y una bandeja caliente en cada mano.
Todos decían: —Qué rica Navidad.
Nadie decía: —Qué cansada estás.
El año pasado fue el colmo.
Dos semanas antes mandé mensaje al grupo familiar:
“Este año necesito ayuda. Cada uno trae algo o cocinamos entre todos.”
Silencio.
Tres días después:
Mi hija: —Ay, yo trabajo.
Mi hijo: —No sé cocinar.
Mi marido: —Vos organizás mejor.
Mi hermana: —Decime qué hacés y yo llevo pan.
PAN.
Yo haciendo una cena para quince personas y la colaboración oficial era una flauta cortada.
No dije nada.
Seguí.
Pero el 24 de diciembre pasó algo ridículo que me hizo explotar.
Eran las seis de la tarde.
Yo estaba pelando papas.
Escucho risas.
Voy al living.
Todos sentados tomando mate.
Mi marido mirando televisión.
Mi hijo con el celular.
Mi hija mostrando fotos.
Y alguien me dice:
—¿Falta mucho para comer?
Me quedé quieta.
Los miré.
Respiré.
Y dije:
—No sé.
Silencio.
—¿Cómo que no sabés?
Me saqué el delantal.
Lo doblé.
Lo apoyé arriba de la mesa.