La lluvia golpeaba suavemente las ventanas del Hospital San Gabriel aquella mañana de otoño. El cielo gris parecía acompañar el silencio de los pasillos, donde médicos y enfermeras caminaban con rostros cansados. En la habitación 214 estaba internado Don Ernesto Salazar, un hombre de 68 años conocido en su barrio por ser alegre, trabajador y siempre dispuesto a ayudar a los demás.
Hacía apenas seis meses, los doctores le habían dado una noticia devastadora: cáncer avanzado de pulmón. La enfermedad había llegado silenciosa, escondida detrás de una tos persistente que él ignoró durante demasiado tiempo. Cuando finalmente acudió al hospital, ya era tarde para tratamientos milagrosos.
Sin embargo, algo en Ernesto nunca cambió: su sonrisa.
Cada mañana recibía a las enfermeras con un “Buenos días, hijas”, como si él fuera quien quisiera dar ánimo en vez de recibirlo. Muchos pacientes se hundían en la tristeza, pero Ernesto parecía decidido a enfrentar la muerte con dignidad y fe.
Aquella mañana entró a verlo Clara, su esposa desde hacía cuarenta y tres años. Sus manos temblaban mientras sostenía un rosario negro de madera gastada. Había pasado noches enteras rezando para que Dios obrara un milagro.
—¿Cómo amaneciste hoy, Ernesto? —preguntó ella con la voz quebrada.
Él levantó lentamente ambos pulgares y sonrió.
—Todavía sigo aquí, vieja… y mientras respire, hay que sonreír.