Rebecca debió interpretar mi silencio.
—No necesitas responder ahora.
Pero ya sabía mi respuesta.
—Voy.
Ella sonrió.
—¿Segura?
Miré por la ventana.
—Nunca he estado más segura.
Mudarse temporalmente a otra ciudad hizo algo extraño conmigo.
Me obligó a descubrir quién era cuando nadie me conocía como “la hija comprensiva”, “la prima mayor”, “la prometida de Ethan”.
En Seattle era simplemente Olivia.
La mujer del departamento de estrategia.
La que pedía café demasiado fuerte.
La que se perdía incluso usando mapas.
La que cantaba fatal en los karaokes.
La que adoraba los museos.
Comencé a ir sola a exposiciones.
La primera vez que compré una entrada recordé aquella exposición para la que Ethan supuestamente no había podido conseguirme acceso.
Estuve a punto de llorar frente a un cuadro abstracto horrible.
No porque fuera hermoso.
Porque de repente comprendí cuánto había reducido mi vida esperando que alguien más quisiera acompañarme.
Empecé a hacer cosas sin pedir permiso.
Tomé clases de fotografía.
Fui a un partido.
Aprendí a cocinar pasta desde cero.
Me corté el cabello más corto.
Compré un vestido rojo que mi madre habría considerado “demasiado llamativo”.
Y cada pequeña elección parecía recuperar una parte de mí.
Tres meses después, Rebecca me ofreció quedarme permanentemente.
Acepté.
Cuando llamé a mi madre para contárselo, permaneció en silencio.
Nuestra relación había sido distante desde la ruptura.
—¿No volverás? —preguntó.
—Iré de visita.
—Pensé que esto era temporal.
—También yo.
—Tu familia está aquí.
Miré mi pequeño apartamento.
Las fotografías nuevas en la pared.
Las plantas que yo misma había elegido.
La cámara sobre la mesa.
—Mi vida también está aquí ahora.
Mi madre tardó unos segundos en responder.
—Te extraño.
Aquellas dos palabras me sorprendieron.
No recuerdo haberlas escuchado antes.
—Yo también.
—Chloe ya no viene tanto.
No pregunté por qué.
Mi madre continuó.
—Creo que… algunas cosas cambiaron después de que te fuiste.
—Mamá.
—Sé que no quieres hablar de ella.
—No es eso.
Respiré.
—Solo que ya no necesito saber qué está haciendo.
Y era verdad.
La libertad no había llegado cuando Chloe perdió importancia para los demás.
Llegó cuando dejó de ser importante para mí.
Seis meses después de la boda cancelada, Ethan apareció en Seattle.
No me avisó.
Yo salía de la oficina cuando lo vi frente al edificio.
Por un instante todo mi cuerpo regresó al pasado.
El corazón acelerado.
Las manos frías.
La sensación automática de querer correr hacia él.
Después respiré.
Y permanecí donde estaba.
Ethan parecía diferente.
Más delgado.
Cansado.
Llevaba un abrigo oscuro y sostenía algo en la mano.
—Hola —dijo.
—Hola.
—Sé que debería haber llamado.
—Sí.
—Pensé que no contestarías.
—Probablemente no.
Sonrió con tristeza.
—Sigues siendo directa.
—Estoy aprendiendo.
Me mostró lo que sostenía.
Era una carpeta.
—Encontré esto.
Dentro había viejos dibujos, entradas de cine, fotografías y cartas de nuestra adolescencia.
Una caja de recuerdos que creía perdida.
Tomé la carpeta.
—Gracias.
—Había algo más.
Sacó un pequeño pasador de cabello.
El que había hecho para mí tantos años atrás.
Lo reconocí inmediatamente.
Era torpe, ligeramente desigual, con pequeñas piedras azules pegadas a mano.