PARTE 2
Adrian permaneció frente a mí durante varios segundos.
Era evidente que esperaba algo más.
Una disculpa.
Una explicación.
Quizá que tomara el bolso otra vez y saliera corriendo hacia la tintorería.
Eso habría hecho la antigua Elena.
La mujer que recordaba cada reunión de Adrian, cada medicamento, cada camisa que necesitaba planchado especial.
La que sabía cuánta azúcar tomaba en el café.
La que había aprendido a preparar cinco tipos distintos de sopa porque él sufría gastritis.
Pero aquella mujer estaba agotada.
—Mañana puedes recogerlo tú —dije.
Intenté pasar a su lado.
Adrian me sujetó del brazo.
—Elena.
Bajé la mirada hacia sus dedos.
Él pareció darse cuenta de algo y me soltó.
—Últimamente estás rara.
Casi me reí.
Cuatro años juntos.
Cuatro años adaptando mi vida alrededor de él.
Y bastaron dos días en los que dejé de servirle para que finalmente notara que algo había cambiado.
—Estoy cansada.
—Todos estamos cansados.
—Entonces entiendes perfectamente.
Fui hacia el dormitorio.
Antes de cerrar la puerta escuché su voz.
—¿Vas a hacer la cena?
Me detuve.
—No.
—¿Por qué?
Giré la cabeza.
—Como quieras. Puedes cocinar, pedir comida o no cenar.
Su expresión cambió.
Era la primera vez que sus propias palabras regresaban hacia él.
No dijo nada más.
Cerré la puerta.
Sobre la mesa estaba la carpeta azul con todos los documentos del traslado.
Pasaporte.
Contrato.
Formulario del visado.
Información sobre alojamiento.
Carta de incorporación.
En la última página había una nota escrita por Recursos Humanos:
Salida: día 15, 9:40 a. m.
La observé durante mucho tiempo.
Curiosamente, no sentí miedo.
Sentí alivio.
Como si durante años hubiera estado esperando permiso para elegir mi propia vida.
Y finalmente comprendiera que nunca lo había necesitado.
Los días siguientes fueron extraños.
Yo seguía viviendo con Adrian.
Dormíamos en la misma cama.
Desayunábamos —cuando coincidíamos— en la misma mesa.
Pero algo invisible había desaparecido entre nosotros.
O quizá nunca había existido.
La diferencia era que yo había dejado de fingir.
Ya no le preguntaba qué quería cenar.
No le recordaba sus reuniones.
No recogía su ropa.
No comprobaba si había tomado sus medicamentos.
No esperaba despierta cuando llegaba tarde.
La primera noche que volvió pasada la medianoche, abrió la puerta del dormitorio y se quedó quieto.
Yo ya estaba dormida.
A la mañana siguiente preguntó:
—¿No me escuchaste llegar?
—No.
—Antes siempre me esperabas.
Seguí revisando unos documentos en mi teléfono.
—Antes sí.
—¿Y ahora?
Levanté la vista.
—Ahora necesito dormir.
Frunció el ceño.
Parecía molesto.
No triste.
Molesto.
Como alguien que descubre que un servicio que daba por garantizado ha dejado de funcionar.
—¿Qué haces?
—Ordenando
—¿Por qué estás sacando tanta ropa?
Miré las tres cajas que había separado.
Donaciones.
Basura.
Cosas que quería llevar conmigo.
—Ya no uso muchas cosas.
Tomó un marco de fotos.
Era una fotografía nuestra en la playa.
Yo sonreía mirando a la cámara.
Adrian estaba mirando su teléfono.
—¿También vas a tirar esto?
—Sí.
—¿Por qué?
Lo observé.
—Porque no me gusta.
—Pero es nuestra foto.
—Precisamente.
Adrian dejó el marco sobre la cama con más fuerza de la necesaria.
—¿Qué te pasa últimamente?
Volvió a hacer la misma pregunta.
Y por un instante sentí ganas de decírselo todo.
Quería preguntarle cuántas veces había llamado a Vanessa.
Cuántas cenas habían compartido.
Cuántos problemas de ella había solucionado mientras yo esperaba una respuesta suya.
Quería preguntarle por qué podía recordar la alergia de Vanessa al cilantro y olvidar que yo era alérgica a los mariscos.
Por qué podía cruzar media ciudad cuando ella tenía una avería en casa y, cuando yo tuve un accidente leve dos años atrás, me pidió que llamara a un taxi.
Pero comprendí algo.
Ya no necesitaba sus respuestas.
—Nada —dije—. Solo estoy ordenando mi vida.
Su teléfono sonó.
Miró la pantalla.
Vanessa.
Vi perfectamente cómo su expresión cambiaba.
—Tengo que contestar.
Salió del dormitorio.
Cinco minutos después escuché cerrarse la puerta principal.
Ni siquiera me dijo adónde iba.
Sonreí sin ganas.
Luego continué doblando mi ropa
Faltaban nueve días.
El visado fue aprobado.
La empresa ya había alquilado un departamento temporal para mí.
Mi nueva directora, Sarah Mitchell, me envió un correo de bienvenida.
“Estamos felices de que hayas aceptado. Llevábamos meses buscando a alguien con tu experiencia.”
Leí aquella frase tres veces.
Era extraño.
Durante años había sentido que pedir algo para mí era una molestia.
Y de pronto, a tres mil millas de distancia, había un equipo esperando mi llegada.
Ese mismo día entregué mi renuncia al contrato de alquiler del departamento que compartía con Adrian.
El contrato estaba a mi nombre.
El administrador explicó que debía dejarlo libre en treinta días.
Asentí.
—Mi pareja se quedará unos días más. Hablaré con él.
Decir “mi pareja” me produjo una sensación extraña.
En mi cabeza, Adrian ya pertenecía al pasado.
Aquella noche regresó con una bolsa de una pastelería famosa.
La dejó sobre la mesa.
—Compré cheesecake.
Yo estaba revisando unas carpetas.
—No quiero.
—Es tu favorito.
Levanté lentamente la mirada.
—No me gusta el cheesecake.
Adrian se quedó inmóvil.
—Claro que sí.
—No.
—Siempre lo comías.
—Porque a ti te gusta.
Su rostro perdió color por un instante.
Miró la caja.
—Entonces… ¿qué postre te gusta?
La pregunta habría sido divertida si no fuera tan triste.
Cuatro años.
Y no lo sabía.
—Tarta de limón.
No respondió.
Entré al dormitorio.
Unos minutos después escuché que abría y cerraba los cajones de la cocina.
Aquella noche, por primera vez, Adrian no tocó el cheesecake.
Al día siguiente, Vanessa apareció en mi oficina.
No la veía de cerca desde hacía meses.
Seguía siendo hermosa.
Cabello oscuro.
Abrigo beige.
Perfume discreto.
Y esa clase de seguridad que tienen las personas acostumbradas a saber que alguien acudirá cuando llamen.
—Elena.
—Vanessa.
Sonrió.
—¿Podemos hablar?
Señalé la cafetería del edificio.
Nos sentamos frente a frente.
Ella pidió café.
Yo pedí té.