Durante unos segundos ninguna habló.
Finalmente Vanessa dijo:
—Sé que probablemente has malinterpretado algunas cosas entre Adrian y yo.
Casi sonreí.
—No he preguntado nada.
Eso pareció desconcertarla.
—Precisamente por eso quería explicártelo.
—No necesitas hacerlo.
—Adrian y yo crecimos juntos. Nuestra relación es complicada.
—Lo sé.
—Él se preocupa mucho por mí.
—También lo sé.
Vanessa apretó ligeramente la taza.
—Pero no quiero destruir vuestra relación.
Aquella frase sí me hizo sonreír.
—No puedes destruir algo que ya estaba roto.
Sus ojos se levantaron rápidamente.
—¿Qué quieres decir?
Tomé un sorbo de té.
—Que si Adrian quiere estar contigo, puede hacerlo.
—Elena…
—No estoy compitiendo contigo.
Lo dije con absoluta calma.
Y era verdad.
Durante años yo había participado en una competencia que ni siquiera sabía que existía.
Intentando cocinar mejor.
Ser más comprensiva.
No reclamar.
No poner límites.
Ser “la novia perfecta”.
Mientras tanto, Vanessa solo tenía que hacer una llamada.
—¿No estás celosa? —preguntó.
Pensé unos segundos.
—Antes sí.
—¿Y ahora?
—Ahora estoy cansada.
Me levanté.
—Tengo trabajo.
Cuando iba a marcharme, Vanessa habló de nuevo.
—Elena.
Me detuve.
—Adrian dijo que iban a casarse.
Volví la cabeza.
—Eso creía yo también.
Esa noche Adrian llegó antes que yo.
Cuando entré, estaba sentado en el sofá.
—Vanessa fue a verte.
No era una pregunta.
Me quité los zapatos.
—Sí.
—¿Qué te dijo?
—Nada importante.
—¿Discutieron?
—No.
Parecía aún más confundido.
—¿Entonces de qué hablaron?
—Pregúntale a ella.
Adrian se levantó.
—Elena, ¿puedes dejar de actuar así?
Lo miré.
—¿Así cómo?
—Como si todo te diera igual.
La ironía casi me dejó sin palabras.
—¿Te molesta?
—Sí.
—Qué curioso.
—¿Qué significa eso?
Solté el bolso sobre una silla.
—Nada.
Intentó acercarse.
—Si estás enfadada porque ayudo a Vanessa, dilo.
—No estoy enfadada.
—Entonces ¿por qué has cambiado?
Esta vez lo miré durante mucho tiempo.
—Porque entendí algo.
—¿Qué?
—Que durante años intenté convencerme de que tu indiferencia era respeto.
Se quedó inmóvil.
—Nunca he sido indiferente contigo.
—¿No?
—Te he dado libertad.
—No, Adrian. Me dejaste sola.
Su mandíbula se tensó.
—Eso no es justo.
—Cuando aquel compañero borracho me acosó y te pedí que fueras a buscarme, respondiste “como quieras”.
—También dije que iría si lo necesitabas.
—Yo ya te había dicho que te necesitaba.
Calló.
—Cuando tuve fiebre y pedí que me acompañaras al hospital, me dijiste que pidiera un taxi.
—Tenía una reunión.
—Cuando Vanessa llamó porque la cerradura de su apartamento no funcionaba, cancelaste una cena conmigo para atravesar la ciudad.
—Ella estaba sola.
—Yo también estaba sola.
Silencio.
Vi cómo buscaba argumentos.
Pero cada recuerdo parecía cerrarle una puerta.
Continué:
—Cuando te pregunté si querías casarte conmigo, dijiste “como quieras”.
—Eso significaba que aceptaba.
—No. Significaba que te daba igual.
—Estás interpretándolo como quieres.
Negué suavemente.
—Eso mismo pensé durante cuatro años.
Tomé aire.
—Hasta que vi tu mensaje a Vanessa cuando dijo que iba a tener una cita.
El rostro de Adrian cambió.
Ahí estaba.
La verdad.
No necesitaba más.
—Le dijiste “no vayas”.
—Elena…
—Con ella sí tienes opiniones.
—No es lo que parece.
—No importa lo que parezca.
Me dirigí al dormitorio.
Adrian me siguió.
—Vanessa y yo tenemos una historia.
—Lo sé.
—Estuvimos juntos siete años.
—Lo sé.
—Entonces deberías entenderlo.
Me giré.
—Precisamente porque lo entiendo, ya no voy a interponerme.
Frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Sonreí ligeramente.
—Como quieras, Adrian.
Cerré la puerta.
Faltaban seis días.
Empecé a enviar cajas con mis pertenencias.
Primero los libros.
Después la ropa de invierno.
Luego los documentos personales.
Adrian apenas se dio cuenta.
Vanessa tuvo una intoxicación alimentaria y él pasó dos noches entrando y saliendo del hospital.